María, Madre de la Divina Providencia… ¡Ruega por nosotros!
Cuando los primeros puertorriqueños vinieron a Chicago en busca del sueño americano, con toda la complejidad que este implica: una estructura atrayente y a la vez exclusiva, los crudos inviernos y personas aun más frías que los colimas, sin duda que se sintieron olvidados. Los coquíes ya no acunaban el sueño de sus niños, las estrellas ya no iluminaban su cabeza, los vecinos no se conocían y las guaguas se convirtieron en el L train, el tren elevado. Esto debió haber sido abrumador.
No obstante, para no olvidar los orígenes, estos ciudadanos trajeron consigo su comida criolla, el sonar de la bomba y la plena, la guitarra y el cuatro bien tocao y nuestros santos. Entre ellos, San Juan Bautista, inspiración del desfile puertorriqueño aquí en Chicago, originalmente conocido como fiestas patronales, la Virgen del Carmen, nombre que engalanó a muchas puertorriqueñas y Nuestra Señora de la Divina Providencia.
En la década de los 70, la noche antes de ser coronada como patrona de Borinquen, un grupo de hermanos protestantes fundamentalistas logró entrar en el edificio donde guardaban la imagen y sacrílegamente encendieron la habitación que la alojaba. La estatua quedó carbonizada, su rostro desfigurado y su cuerpo deformado, pero en su regazo quedaba la imagen del niño Dios dormidito e intacto. Esta nefasta acción no detuvo a los puertorriqueños, quienes aun así coronaron a su Santísima Madre, entendiendo que no era cuestión de la imagen misma sino de lo que representaba. Lo que la ignorancia y crueldad de un hijo trato de lograr, fue redimido por el amor del Pueblo de Dios.
La estatua de Nuestra Señora de la Divina Providencia se convirtió en un símbolo de patria para todos los puertorriqueños, especialmente para quienes fuera de la isla, la diáspora boricua, vivían en un exilio cultural en su propia tierra. Ella representa todo aquello que es familiar para Puerto Rico, todo lo que es bueno, puro, inocente, en lo que es posible confiar plenamente. En su regazo yace el niño Dios protegido, “durmiendo en su falda”, quien a su vez representa a cada boricua que se atrevió a cruzar el charco y vino a la gran isla con los ojos llenos de ilusiones, la piel besada por el sol y un manojo de sueños en su corazón. Ella no se limitó en ser una devoción popular entre los burguesitos isleños y la nobleza criolla; fue madre para todos, capitalinos y jibaritos, blancos y negros, ricos y pobres.
Pero Providencia no es simplemente para los boricuas... Ella es de todos los hijos de tan excelsa madre, especialmente para los más pequeños, para los emigrantes, para los que sufren, para los que han perdido el sendero... ¡Para todos!
Ven a celebrar la segunda misa arquidiocesana en honor a nuestra Señora, Madre de la Divina Providencia el viernes 14 de noviembre en la comunidad de Santa Genoveva a las 7:00 p.m. La celebración eucarística será presidida por el obispo de la recién creada diócesis de Fajardo-Humacao, don Eusebio Ramos Morales. Allí daremos gracias a Dios por el regalo de su Santísima Madre que nos acuna, apoya y protege en su regazo. ¡Virgen de la Providencia, ruega por tu pueblo hispano!


