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Arquidiócesis de Chicago
Noviembre 2005

Noviembre y la comunión de los Santos

El pasado mes de agosto, durante la Jornada Mundial de la Juventud, la gran Catedral de Colonia, en Alemania, fue el centro del peregrinaje de jóvenes de todo el mundo. El arte que la decora, especialmente sus vitrales, son una traducción de las Santas Escrituras al color y la forma. Sus estatuas y capillas hacen que nuestros pensamientos y plegarias se llenen de Cristo, de su madre y de muchos santos. El hecho de que la ca-tedral haya sido construida entre los si-glos XII y XIX explica la hermosura del arte y la arquitectura que la conforman. En contraste, en Chicago, ciudad reconstruida con enorme vigor después del Gran Incendio de 1871, tenemos muy pocos edificios con más de un siglo de vida. Pero, ¿por qué les tomó tanto tiempo en Colonia para construir su catedral y qué les permitió permanecer enfocados en dicha tarea, generación tras ge-neración, entregándose cada una de ellas a un edificio que no verían terminado? Básicamente, fue el hecho de ser personas de fe, ya que el horizonte de la fe nunca está limitado a la experiencia de una persona o una generación. Siempre hay más, en esta vida y en la siguiente.

En la fe, pertenecemos a una sociedad que no sólo es universal sino que además se extiende hacia el pasado y el futuro, alcanzando la eternidad. A esto lo llamamos la comunión de los santos, la cual, nos recuerda que la Iglesia no termina en el umbral de la muerte. La Iglesia está hecha para todos aquellos que pertenecen a Cristo, en esta vida y en la siguiente. Los primeros días de noviembre de cada año nos traen dos festividades que nos recuerdan que somos uno con todos aquellos que se han ido antes que nosotros en la fe.

El 1 de noviembre, la Iglesia celebra la fiesta de Todos los Santos. Desde los profetas y las mujeres y hombres santos de la alianza de Dios con el pueblo judío, hasta la Santa Virgen María y los apóstoles y mártires de todas las naciones, y aún aquellos que mueren hoy en día en la gracia de Dios, el cielo está poblado con aquellos que nos aman y quieren ayudarnos. El cielo es otra manera para nombrar una relación perfecta con Dios. Alcanzarlo, al final, es la única cosa que importa, el único criterio para juzgar el éxito de nuestra vida.

Hoy en día, quizá debido a una negación virtual del infierno, la creencia en el cielo se encuentra minada. El infierno es la comunión de todos aquellos que se encuentran eternamente separados del amor de Dios. Debido a que los espeluznantes juegos y relatos de Halloween han caricaturizado al infierno, se ha hecho más fácil descartarlo. El diablo y sus legiones están condenados al infierno. Si existen o no espíritus de seres humanos entre ellos es aún una pregunta sin respuesta, sin embargo, ni siquiera el amor infinito de Dios nos quita la libertad de separarnos de él, ahora y en la eternidad. Si el cielo y el infierno desaparecen del horizonte de esta vida, nos volveremos miopes. Una vida que es libre de verdad y que se adecua a las aspiraciones humanas más elevadas, es aque-lla en la cual el cielo es anhelado y el infierno aborrecido durante todos los días de esa vida.

El 2 de noviembre, la Iglesia celebra la festividad de Todos los Santos. La muerte llega a todos y con frecuencia, interrumpe nuestras vidas aún cuando no hemos aprendido a amar de manera honesta e íntima, cuando aún nos falta por desa-rrollarnos por completo y cuando aún estamos aprendiendo a apreciar la belleza de la santidad en todas sus dimensiones. Sin embargo, nuestras vidas no están destinadas a terminar con una sensación de estar incompletas, ni de frustración o resignado estoicismo. Existe una fuente eterna detrás de todas las cosas que dan a nuestra vida su significado más amplio, un Dios que nos quiere unidos a Él por siempre, viviendo siempre en el amor que Él vierte sobre nosotros.

Llegar a la presencia del Dios vivo es un suceso más allá de nuestra imaginación. Jesús habla acerca de la vida con Dios en las parábolas del Reino, donde con frecuencia, compara esta vida a un gran banquete de bodas puesto por el Rey. Para sentarse en la mesa se requiere estar vestido para la fiesta (ver Mateo 22: 11-14), lo cual es una manera de hablar sobre la transformación que nos llega cuando estamos vestidos con la gracia de Dios. La vida de gracia comienza en esta vida de una manera radical, en el momento en que somos purificados y santificados en las aguas del bautismo. Sin embargo, la unión con Dios dada por su gracia es con frecuencia muy tenue, debido a nuestros pecados. Y debido a que aún no ha sido transformada para que se asemeje a Dios, con un vestido de fiesta sólo parcialmente zurcido, muchos pueden morir, habiendo aceptado la verdad sobre Dios y nuestro destino, sin que esta verdad haya sido totalmente integrada a su naturaleza o carácter. Aún viviendo aquí en la comunión de los santos, la transformación espiritual toma tiempo, debido a la clase de criaturas con medio corazón que somos. Aquellos que han muerto en la gracia de Dios pero que no se habían preparado totalmente para llegar al cielo, son las almas que se encuentran en el purgatorio y para quienes la Iglesia eleva su plegaria el 2 de noviembre.

"Todos aquellos que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero que aún se hayan purificados de manera imperfecta, tienen asegurada su eterna salvación; sin embargo después de la muerte pasan por un proceso de purificación con el objeto de alcanzar la santidad necesaria para entrar al cielo". (Catequismo de la Iglesia Católica, 1030). Esta es la doctrina consoladora de la Iglesia: para todos aquellos que lo necesiten, el purgatorio es el paso final en el camino al cielo. En el purgatorio, todo apego al pecado se supera, se reparan las faltas y el alma se perfecciona en el amor de Dios. La Iglesia enseña la existencia del purgatorio, junto con la del cielo y el infierno, pero se queda corta en hablar acerca del proceso de transformación después de la muerte. El punto importante es que los que están en el purgatorio son parte integral de la Iglesia, miembros de la comunión de los santos. Podemos ayudarles y ellos nos pueden ayudar. Nos ayudamos mutuamente con las plegarias que hacemos unos por los otros.

Desde el comienzo de la Iglesia, la Eucaristía ha sido ofrecida como un sa-crificio para los vivos y los muertos. La Iglesia ora diariamente por sus miembros fallecidos, por que se puedan encontrar pronto ante la presencia de la "luz, felicidad y paz" de Dios. (Canon Romano de la Misa). Los frutos del sacrificio Eucarístico, la más poderosa de todas las plegarias, pueden ser dirigidos hacia propósitos específicos por los sacerdotes que celebran la misa y por aquellos que especifican la intención de la misa a través de la ofrenda de un estipendio o pago (ver el Código de Ley Canónica, 945 y 946). La mayor generosidad que pueden expresar los católicos a alguien que ha muerto y a su familia es ofrendar un pago para la realización de una misas en nombre de alguien que ha muerto.

La frase "los funerales son para los vivos" es mitad verdadera y destruye la fe si implica que una misa para un funeral es sólo una conmemoración de los muertos para beneficio de los vivos y no un medio para introducir a una persona muerta al sacrificio que conlleva la salvación. Todo el mes de noviembre es un tiempo que se aparta para oraciones de-dicadas a los fieles que han partido. De la misma manera en que somos rápidos para ofrecer plegarias para los enfermos, debemos ser para orar de manera regular por aquellos que han muerto y hacer que se les ofrezca una misa. Esta es una obra de caridad y una expresión de la hermosa unidad de todos aquellos que pertenecen a Cristo en la comunión de los santos. Que Dios los bendiga.

Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago

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