La Eucaristía en el tercer milenio
El pasado mes de mayo, el Papa Benedicto XVI aprovechó una charla que dio en el Congreso Eucarístico en Bari, Italia para recordar la historia de una pequeña comunidad en Túnez, África del Norte, en el año 304. Cuarenta y nueve cristianos se habían reunido para celebrar misa, desafiando el decreto del emperador romano Diocleciano, quien había prohibido a los cristianos congregarse. Rodeados por legionarios romanos y llevados ante el gobernador, explicaron el por qué se habían reunido en desafío de las órdenes del emperador: "No podemos vivir sin la celebración dominical de la Eucaristía". Reprendidos para que se abstuvieran de participar en la asamblea eucarística dominical, se rehusaron a hacer tal promesa y fueron condenados a muerte.
Como pueden ver hay una enorme diferencia entre este sentido de la Eucaristía dominical ubicada en el centro de la existencia propia y la resentida obligación para ir a misa los domingos. La diferencia es la que existe entre una necesidad que surge de la naturaleza misma de la vida en Cristo y el sentido de coerción proveniente de una autoridad externa que se entromete en el camino de los deseos propios. La diferencia es la que existe entre una fe vivida, el resultado de una conversión genuina y una identidad superficial nunca interiorizada de verdad.
Sin la misa dominical, la fe se marchita, la Iglesia agoniza y los católicos, de manera gradual, cesan de vivir en Cristo. A pesar del incremento en el número de católicos en todo el mundo, el número de los que participan en la Eucaristía los domingos ha disminuido notablemente aquí, en Canadá y en Europa occidental. Cuando era chico, en Chicago asistían a misa cada domingo de manera regular más del 80% de los católicos bautizados. Simplemente era parte de nuestra manera de vivir. Hoy en día, quizá 30% de nosotros va a misa cada domingo y una gran porción de los que asisten son inmigrantes de Latinoamérica y Polonia, personas formadas para ser católicos en cualquier lugar. Sin los inmigrantes, el número de católicos practicantes en la arquidiócesis sería apenas mayor que en el caso de Europa occidental. No fue la intención del Concilio Vaticano II desalentar la asistencia a la misa del domingo. Algo se ha hecho mal.
Uno de los motivos principales que empujó al Papa Juan Pablo II a proclamar el Año de la Eucaristía iniciado el pasado octubre y que termina este mes con el Sínodo Romano sobre la Eucaristía, fue la esperanza de despertar en los corazones de los creyentes un renovado sentido de maravilla ante el magnífico don que Cristo dejó a su iglesia en el Sagrado Sacramento. Con este sentido de admiración y maravilla vendrían nuevos esfuerzos para entender y enseñar el misterio, para hacer su celebración en la liturgia más valiosa y para ayudar a los católicos a acercarse a la santa comunión con reverencia y una adecuada preparación.
El sínodo, que se realizará del 2 al 23 de octubre tiene como tema, "La Eucaristía: Fuente y culminación de la vida y misión de la Iglesia". Con este motivo durante los pasados dos años se encuestó a miles de católicos y sus respuestas inspiraron, en gran medida, el documento de trabajo del Sínodo. Muchos dijeron que los católicos con frecuencia no entienden que, en la Eucaristía Cristo hace presente, a través del ministerio del sacerdote ordenado, el sacrificio ofrecido de una vez por todas en el Calvario. En la Eucaristía, la ofrenda del fiel se une a aquella de Cristo, su Salvador, para dar gloria y gracias al Padre. A través de la Eucaristía, el poder del Espíritu Santo transforma a las personas en el cuerpo viviente de Cristo, enviado a transformar el mundo.
Todo esto sucede porque los dones del pan y el vino son transformados, en la consagración de la misa, para convertirse en el cuerpo y la sangre de Cristo, una vez crucificado y ahora resucitado de entre los muertos. En la Eucaristía, sólo las apariencias del pan y el vino permanecen. Lo que fue pan y vino es ahora de manera total, en su realidad más profunda, la presencia sacramental de Jesucristo. Esta presencia real permanece en tanto las apariencias del pan y el vino permanezcan. Cristo presente en realidad en el Sagrado Sacramento es adorado en la consagración, recibido en santa comunión y custodiado en los tabernáculos de nuestras iglesias. La adoración al Sagrado Sacramento es cada vez más una característica de la vida parroquial y una práctica invaluable de la espiritualidad católica. Varias asociaciones de la arquidiócesis fomentan la adoración Eucarística. Se le alienta en el documento de trabajo que sirve para preparar las discusiones del sínodo venidero. El movimiento para promover la adoración Eucarística va directo a lo que el Año de la Eucaristía pretende lograr: la renovación de nuestro más profundo aprecio por el amoroso y gracioso don de Cristo que es el sacramento del altar.
Conforme la arquidiócesis fue trabajando para implementar durante el año pasado las instrucciones litúrgicas de la nueva Introducción General al Misal Romano, fui notando que la celebración de la misa se hacía cada vez con más reverencia en las parroquias que visitaba. Estoy muy agradecido a los párrocos y los liturgistas, los lectores y los acólitos, los extraordinarios ministros de la santa comunión y a todos los fieles que han hecho suyas las directrices de la Iglesia para la celebración de la liturgia.
En un mundo dividido y en una Iglesia anegada de distintas tensiones, la Eucaristía crea unidad entre nosotros. La Iglesia entera está presente en cada celebración de la Eucaristía, aún si el sa-cerdote es físicamente el único presente. La historia humana cambia cada vez que la Eucaristía es ofrecida. La Eucaristía es nuestra mayor esperanza para fortalecer a la Iglesia y a su misión en el mundo. Si uno se le aproxima con la amistad de Dios y con la disposición moral adecuada, la Eucaristía es la mejor esperanza para lograr la salvación personal. "Aquel que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día". (Jn. 6: 54).
El día en que el Papa Benedicto XVI celebró su primera misa como Obispo de Roma en St. John Lateran, la Catedral de Roma, exclamó, "Gracias a la Eucaristía, la Iglesia vuelve a nacer una y otra vez". Oremos este mes que viene por el Papa, los obispos y los observadores reunidos en el Sínodo en Roma para reflexionar sobre el don de la Eucaristía. Invito a todos los católicos a orar también por sus sacerdotes. La pre-sencia de Cristo en la Eucaristía es perfecta y divina. Su presencia en el sacerdote ordenado es imperfecta y humana. El sacerdocio eterno de Jesucristo, cabeza de la Iglesia, está presentado al mundo a través de hombres que son débiles y pecadores quienes, sin embargo, son llamados por la gracia de las Santas Órdenes a servir en el altar y ministrar los sacramentos de Cristo al pueblo que están llamados a servir. Este don de las Santas Órdenes, unido de manera tan cercana al don de la Eucaristía, es una asombrosa señal de la gran confianza de Dios en los seres humanos por lo que vale la pena hacer una reflexión mucho más profunda al respecto. Si agradecemos a Cristo por el don de la Eucaristía, no es difícil agradecerle entonces el don del sacerdocio ordenado en la Iglesia. Nuestra gratitud nos llevará luego a orar por los sacerdotes que ahora sirven en la arquidiócesis, por nuestros seminaristas y por aquellos a quienes Dios está llamando a realizar aquí su sacerdocio. Que Dios los bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago