Al escribir en estas columnas sobre la participación en el gobierno, el ministerio, la misión y la veneración de la iglesia, he regresado hacia el bautismo sacramental y profesión de la fe católica como las bases para «pertenecer.» Ambos el bautismo y la fe, sin embargo, son sociales en naturaleza. Ellos nos convierten en una familia, el pueblo de Dios, y esta familia no vive solamente para sí misma y la salvación de sus miembros; está comisionada por Cristo para hacer al mundo sagrado.
Las opciones «mundanas o materiales», en la economía, en la política, en el entretenimiento y las artes, nunca son ajenas a la fe. Contribuyen a la santidad del mundo o debilitan la conexión del mundo con su Creador. Al hacer tales decisiones en la vida diaria compromete la conciencia de una persona y afecta su relación de uno con Dios. Para un creyente, cada decisión se toma a la luz de la fe. Algunos meses atrás (Chicago Católico ejemplar de mayo), escribí una columna sobre los católicos y la política, explicando que la fe no puede estar separada de la vida política, aunque la iglesia y el estado estén separados institucionalmente.
Ahora estamos en un periodo de hacer decisiones políticas. Existe presión de todos los lados de cooptar por la iglesia o de distanciarse de ella, dependiendo de la persona y del partido, del tema y la irritación. Mientras que la iglesia habla de varios asuntos sobre la vida humana, sobre la justicia económica, sobre la guerra y la paz, el punto realmente neurálgico en el debate político americano por tres décadas ha sido la protección legal para abortar a un bebé, de los que más de 40 millones se han asesinado desde que el aborto en demanda fue legalizado por la Suprema Corte. Esto es un crimen contra la misma humanidad, y sería un crimen aún cuando la Iglesia católica no existiera. El aborto es intrínsecamente malvado; no está mal solamente porque la iglesia lo declare pecado. La oposición al aborto ya no es más una posición moral únicamente católica como la oposición a robar.
Sin embargo, la enseñanza clara y consistente de la Iglesia Católica por más de 2.000 años sobre la inmoralidad del aborto crea particularmente un grave desafío moral para la conciencia de los funcionarios católicos y votantes en los Estados Unidos. Porque la mayoría de las personas más o menos toman su moralidad de la sociedad en la que viven, las leyes civiles de un país moldea el sentido del bien y del mal. Hacer y mantener leyes civiles es siempre una cuestión de conciencia. La conciencia en nuestra cultura es individualista, cimentada en la convicción de que cada persona puede decidir qué es correcto o incorrecto o aún qué es verdadero o falso. El primer desafío en hablar sobre participar en la política con una conciencia católica, por lo tanto, es llegar a entender qué es realmente la conciencia.
El padre Jesuita John Courtney Murray fue el teólogo americano de la última generación que contribuyó más considerablemente a la declaración del Vaticano II sobre la libertad religiosa. La iglesia enseña en ese documento que el estado no puede prohibir la libertad religiosa o forzar a ninguna persona a actuar en contra de su conciencia en asuntos morales. Pasando de la obligación del estado de respetar la libertad religiosa a considerar al ciudadano individual, sin embargo, Murray declara que el documento «no apoya la teoría que tengo el derecho de hacer lo que mi conciencia me dicte y que tengo que hacerlo simplemente porque mi conciencia me dice que lo haga.
Ésta es la teoría peligrosa que al final es mi conciencia y no la verdad objetiva que determina qué es correcto o incorrecto, verdadero o falso.» El Cardenal John Henry Newman explicaba que la conciencia significa lo perceptible y la exigente presencia de la verdad en el acto de juzgar de una persona: «la conciencia es el mensajero de Dios quien en ambas naturaleza y en gracia nos habla detrás de un velo y nos enseña y gobierna por sus representantes.» El Catecismo de la Iglesia Católica (No. 1778) dice que la conciencia es «un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral del acto concreto que él va a realizar.
Que las acciones tienen calidad moral en sí mismas y que la conciencia tiene que conformarse a la verdad objetiva en la religión y en la moralidad que tropiezan contra la convicción frecuente que la sinceridad justifica cualquier decisión. Si es «difícil» hacer algo, o si se hace con arrepentimiento, entonces debo ser sincero y nadie puede oponerse a lo que hago. Al escribir sobre la vida moral hace algunos años, los obispos de los Estados Unidos dijeron, «debemos tener una conciencia correctamente formada y debemos seguirla. Pero nuestros juicios son humanos y pueden ser confundidos; podemos ser cegados por el poder del pecado en nuestras vidas o engañados por la fuerza de nuestros deseos.» En cuestiones de principios, uno no puede apelar a la conciencia en contra o sobre la enseñanza de la iglesia, aunque en la práctica uno deba seguir incluso una conciencia equivocada en alguna acción particular.
Otro desafío para formar la conciencia de uno en contra de las normas de la sociedad o contra nuestros propios deseos es la muy citada máxima social de que la «culpabilidad» es malsana. Pero la culpabilidad perturba la falsa calma de la insensibilidad moral. La culpabilidad es el reclamo de mi conciencia en contra de mi existencia auto satisfecha. La culpabilidad es tan necesaria para la salud moral como lo es el dolor para el bien físico. Ambos, la culpabilidad y el dolor me dicen que algo malo ha pasado. Cualquier persona que ya no sea capaz de sentirse culpable está espiritualmente enferma.
La gente se queja actualmente por la extrema polarización dentro de la sociedad y en la iglesia. Incluso los desacuerdos pequeños provocan sentir profundas animosidades. Mientras que los desacuerdos son a menudo desagradables, quizás es también una muestra que las personas están moralmente vivas, luchando con los asuntos que implican qué es lo correcto e incorrecto, integridad personal y culpabilidad individual. Ya que la fe y por lo tanto la iglesia están en el «interior» de la conciencia de un creyente, los católicos no pueden apelar simplemente a la conciencia individual para resolver diferencias sobre la política social y la política. La resolución de asuntos de conciencia nos trae de nuevo a la fe que recibimos primeramente en el bautismo, una fe que es compartida con todos los creyentes.
Durante esta campaña electoral, la culpabilidad y la irritación se han desencadenado porque la conciencia parece estar dictando diversas opciones políticas entre el pueblo quien reclama compartir la misma fe. El asunto se complica más a fondo porque de la manera que uno participe en la vida política está siendo utilizado para determinar cómo o aún si uno debiese participar en la veneración a Dios en la iglesia, especialmente al recibir el Cuerpo del Señor en la Santa Comunión.¿Debería un político que está en favor del aborto recibir la comunión? ¿Debería el Ministro de la Santa Comunión dar al político que está en favor del aborto el Cuerpo del Señor? La política divide y la fe une, y cada uno participamos en la vida política y en la vida de la comunidad de fe. Es una pequeña maravilla que los católicos, sintiendo las tensiones en sus conciencias, puedan estar desconcertados y ansiosos. En otra columna continuará esta reflexión. Que Dios los bendiga.
Fraternalmente en Cristo
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo de Chicago.