catholicnewworld.com Portada Cardenal George
Información
Escríbanos
Subscripciones
Publicidad
Archivos
Sitios Católicos
Mapa del Sitio
Catholic publisher for the Archdiocese of Chicago
Spanish language newspaper for the Archdiocese of Chicago
Katolik
Archdiocesan Directory - ordering and advertising information.
Archdiocesan Directory - ordering and advertising information.
Arquidiócesis de Chicago

Agosto 2006

A Cristo la gloria en la Iglesia

Queridos hermanos
y hermanas en Cristo:

Estoy escribiendo esto antes de ir al hospital donde me operarán de un cáncer en la vejiga; sin embargo, estarán leyendo esto después de que se conozcan los resultados de la operación. Hace tres semanas, la presencia de sangre en mi orina hizo necesaria una serie de pruebas que mostraron que tenía cáncer en mi vejiga, un cáncer no tan invasivo pero suficientemente expandido como para recomendar una cirugía.

Con frecuencia las enfermedades serias, la pérdida de algún tipo o un fracaso moral significativo, nos llevan a cuestionar la bondad de Dios. Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanta guerra, tanta enfermedad, tanto mal? Algunas personas incluso niegan la existencia de Dios ante la presencia de un gran sufrimiento humano. Para algunos, es más fácil creer en la influencia demoníaca que en la bondad divina.

Es entendible que nos preguntemos acerca de la bondad de Dios cuando él, en su infinito poder, no impide el sufrimiento. Pero nuestra fe dice que esta pregunta no puede ser hecha sin hacerse otra: ¿Cómo es que el sufrimiento humano, a través de la gracia divina, contribuye a la salvación del mundo? San Pablo comenzó su Segunda Carta a la angustiada iglesia de Corinto: “¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación. Si somos atribulados, lo somos para consuelo y salvación vuestra; si somos consolados, lo somos para el consuelo vuestro, que os hace soportar con paciencia los mismos sufrimientos que también nosotros soportamos. Es firme nuestra esperanza respecto de vosotros; pues sabemos que, como sois solidarios con nosotros en los sufrimientos, así lo seréis también en la consolación”. (II Cor. 1: 30-7)

Compartir los sufrimientos en Cristo es parte de nuestro llamado a ser discípulos. Espero que mi sufrimiento de estas semanas ayude a traer paz en la Tierra Santa y en el Medio Oriente y sea útil, también, para curar las heridas provocadas por el abuso sexual y para fortalecer la fe católica. No estoy esperando con gusto tener una vida sin vejiga, pero aún esa pérdida puede ser una gracia.

En nuestras mentes, los sufrimientos algunas veces se transforman gradualmente en violencia, sin embargo ambas exhiben diferencias significativas. El sufrimiento puede ser salvífico; la violencia no. Hace casi diez años, cuando por primera vez llegué a Chicago como arzobispo, la sociedad y la Iglesia quedaron sin habla tras la salvaje golpiza de un hombre negro por parte de jóvenes blancos; el día de hoy, mientras me preparo a entrar al hospital, la sociedad y la Iglesia reciben con enorme perturbación la noticia de una salvaje golpiza de un hombre blanco perpetrada por jóvenes negros.

Debo mencionar que algunas buenas iniciativas, tanto en la Iglesia como en la sociedad, tuvieron su origen en la primera golpiza, con el fin de trabajar para obtener una justicia racial y el combate a la violencia. A pesar de que las dos situaciones no son totalmente paralelas, espero que algunas iniciativas igualmente efectivas puedan ser tomadas a partir de la segunda golpiza.

Eliminar la violencia en su totalidad es una meta que todos debemos perseguir; soportar bien el sufrimiento es una respuesta que nuestra fe hace posible.

El lema que tomé cuando me ordené obispo en 1990 es: “A Cristo la gloria en la Iglesia”. Existen muchas maneras en que la Iglesia da gloria a Cristo: en su culto, en sus obras y en la manera en que Cristo utiliza a la Iglesia para dar testimonio del poder de Su gracia. Podemos ver a Cristo obrando en los milagros, cuando las reglas de la naturaleza caída son puestas a un lado por un momento y vemos la gloria de Dios brillando en nuestras debilidades humanas. Pero si la bondad de Dios es hecha visible a través de milagros, la compasión y el perdón divinos están presentes en el sufrimiento. Si cooperamos siempre con la gracia de Dios, entonces la Iglesia dará gloria a Cristo en todas las circunstancias, buenas y malas. Esa es nuestra vocación y nuestro gozo.

Es difícil orar cuando se está enfermo y con dolor, así que estaré contando con las oraciones que harán por mí en las próximas semanas. Espero que alguien que regularmente no asiste a Misa vaya ahora para orar por mi recuperación. Yo estaré pidiendo, de la mejor manera en que lo pueda hacer, a dos santos obispos que han tenido gran influencia en mí y en quienes confío: al obispo Eugenio de Mazenod, fundador de los Oblatos de María Inmaculada, quien murió de cáncer en 1861 y quien expresó su amor por sus hijos en su lecho de muerte; y al fallecido Papa Juan Pablo II, quien nos mostró de una manera tan magnífica cómo amar al mundo en el nombre de Cristo y cómo contribuye el sufrimiento para construir el Cuerpo de Cristo. Estos dos santos obispos me protegerán y me ayudarán a ver la voluntad de Dios en esta prueba.


Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George, O.M.I.

Arzobispo de Chicago

tapa