La Vocación de un Guerrero
El Cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio de Cardenales y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, me comentó que el Presidente Reagan había muerto. Estábamos juntos a medio día el 6 de junio en el Palacio de Gobierno de Caens en Normandia, junto a otros 130 invitados esperando a que los jefes de estado llegaran para que pudiéramos comenzar a comer. El Cardenal Ratzinger fue el representante del Papa en la celebración que marcaba el 60 aniversario del comienzo de la liberación de Francia y de Europa, y yo fui el invitado del presidente del Consejo Regional de Normandia y del Obispo de Bayeux y Lisieux, el obispo local.
La visita comenzó dos días antes en Lisieux. Conocí a un grupo de americanos, casi todos de Chicago, quienes comenzaron junto a mí nuestra visita a Normandia celebrando Misa todos reunidos en el convento Carmelita donde Santa Teresa de Lisieux vivió por nueve años y murió en medio de grandes dolores en 1897. Me permitieron entrar en el claustro Carmelita, donde visité la habitación en donde murió. Deje ahí, bajo su almohada en el lecho de su muerte, una lista de intenciones para la Arquidiócesis por las que le pedí que reze especialmente por nuestros sacerdotes. La Hermana Teresa del Niño Jesús y del Sagrado Rostro, durante su breve y total vida oculta, libró un combate espiritual tan arduo como cualquier guerra humana. Siento desde mi interior, la Hermana Teresa había dicho, la vocación de un guerrero. Un soldado no teme a la batalla
Yo moriré, con las armas en la mano. Con ese espíritu, aun lleno del sentido común característico de la gente de Normandia, Santa Teresa de Lisieux vivió hasta un extraordinario grado la paradoja de Cristo, quien se adentró en la muerte y hasta las profundidades del infierno para así resucitar a la humanidad hacia la vida. Su pequeña forma de constante autosacrificio en las cosas pequeñas crearon un amor tan grande que ella podía decir: En la Iglesia, Yo seré muy amada. Ella prometió, antes de morir, dedicar su paraíso haciendo el bien sobre la tierra. Ella brinda fortaleza a todos aquellos que llegan a conocerla.
El 6 de junio de 1944, mientras Europa estaba en las garras de los conquistadores Nazi, una fuerza combinada de tropas Americanas, Británicas, Canadienses y Francesas invadieron Normandia, con una gran pérdida de vidas, y se abrieron camino hasta la pequeña ciudad de Caen, la cual había sido devastada por bombas aliadas. Ahí, al final de la guerra, en las afueras de la gran iglesia monástica de St. Etienne, construída por William el Conquistador 900 años antes y aun conteniendo su tumba, líderes de las naciones aliadas estuvieron de pie en la plaza para celebrar la liberación de Europa. Ahí sus sucesores estuvieron un 6 de junio de 2004.
La mañana del 6 de junio, celebré Misa y prediqué en la iglesia de St. Etienne. Conversé con algunos de los civiles franceses que habían tomado refugio ahí cuando sus casas fueron destruidas. Conociendo sobre nuestras propias tropas y de sus sacrificios, fue muy bueno hablar, así como también para aquellos que estaban agradecidos por sus libertadores pero cuyas pertenencias y casas fueron destruidas y que tuvieron que reconstruir sus vidas en un país devastado,
Durante 1944, ellos tuvieron que venir buscando seguridad, y ellos estaban en esa misma iglesia 60 años después para agradecerle a Dios por su liberación. Aparte de aquellos que recordaban los eventos de hacía 60 años, había varios padres de familia con sus niños en la Misa. Algunos niños me mostraron fotografías de sus amigos que estaban enfermos y me pidieron que rezara por ellos. Algunos pidieron una bendición y un beso. Algunos sirvieron en la Misa con un sentido de autodisciplina y autosatisfacción. El mundo ha cambiado mucho en 60 años, pero la fe y su práctica permanecen igual.
Nuestra fe nos llevó un día anterior hasta el cementerio americano exactamente arriba de la playa Omaha. El Sr. Dennis Hastert, Portavoz de la Casa de los Representantes, y algunos otros miembros del Congreso se unieron al grupo de Chicago para celebrar Misa por los fallecidos.
Junto a mí concelebraron el Cardenal Ratzinger, el Obispo Pierre Pican de Bayeux, y el Nuncio Apostólico para Francia: un americano, un alemán, un francés, y un italiano. La fe no es solamente la misma; es universal. Nos reunimos alrededor del altar, para hacer presente el autosacrificio de Cristo en el contexto del sacrificio de los miles de soldados enterrados en donde cayeron sin vida. Durante la homilía, hablé sobre la caridad; después de la Misa, el Sr. Hastert habló sobre la libertad. Ambas razones para vivir que, en estos momentos de crisis para la raza humana, son más importantes que la vida misma.
Rezamos por los fallecidos el 5 de junio, pero a mediodía el 6 de junio, la conmemoración principal reunió a los vivos en Arromanches, donde un malecón artificial fue construído en 24 horas, para que así las cabezas de playa ganadas con tanta sangre pudieran ser reforzadas con tropas, tanques y todo lo demás que fue necesario para una invasión a gran escala de Europa. Lo más emotivo durante la ceremonia que duró tres horas, fue el desfile de los ahora veteranos ancianos quienes realmente participaron en la invasión en 1944. Yo conocí a algunos de ellos en abril aquí en Chicago, durante un almuerzo auspiciado por la McCormick Tribune Foundation, cuyo presidente, el jubilado General de Brigada del ejército de los Estados Unidos Richard Behrenhausen, estuvo con nosotros de nuevo en Normandia. Hablando con ellos, sin pretensiones y francamente, como ellos eran, parecía que la batalla fue peleada apenas ayer. Honrar a estos guerreros fue lo que llevó a tantos hasta Normandia para este aniversario.
Las celebraciones por el aniversario despertaron recuerdos de un tiempo oscuro en la historia de Europa y del mundo, un momento donde las fuerzas de un barbarismo totalitario asaltó a la civilización en nombre de un orden social el cual clamaba sería el movimiento del futuro. De ninguna manera esta celebración del D-Day glorifica la guerra o busca oscurecer su horror brutal. Antes, los participantes expresaron su deseo de hacer cualquier cosa posible para que los conflictos armados puedan ser excluídos de la familia de naciones. Los Estados Unidos y sus aliados crearon las Naciones Unidas al final de la Segunda Guerra Mundial para que fuera el instrumento normal para la resolución pacífica de conflictos. Al mismo tiempo, el aniversario nos recordó toda la necesidad, antes y ahora, para rechazar cualquier cosa que degrade la humanidad y destruya la libertad necesaria para la dignidad humana. Existen circunstancias en las cuales es moralmente permisible, incluso necesario, el uso de la fuerza militar para proteger a aquellos que amamos. Esa fue la causa en medio de la agresión Nazi, cuando los medios pacíficos para detener una agresión fallaron y la amenaza que Hitler representaba, para la dignidad humana y la libertad, estaban claras. Los Nazis crearon una forma de gobierno que no tenía relación alguna con el orden de la ley moral.
Cuidadosos siempre de ajustar sus acciones a las leyes civiles del estado Nazi, ellos fueron los supremos protagonistas de la sentencia: Ustedes no pueden legislar moralidad.
La conmemoración del D-Day nos pone interrogantes. ¿Hemos traicionado de alguna manera el sacrificio de aquellos que murieron en Normandia hace 60 años? ¿Podrían ellos reconocer nuestro país ahora, ¿Podrían ellos estar aquí en casa ahora? ¿Traicionan nuestras leyes civiles el código moral de nuestro Creador? ¿Son nuestras razones para vivir, las mismas que las razones de ellos para morir?
La vocación de guerrero le llama a él o a ella a reconocer quien es el enemigo y después a hacer la guerra inteligente y moralmente. La guerra no es solamente un asunto militar, ni tampoco una cuestión de política y economía. En cada guerra, así como en cada acción humana los juicios o fallos morales están hechos sobre lo que está correcto y lo que está equivocado, que es bueno y que es malo. En su grandiosa manifestación, especialmente en la conquista del pecado y la muerte por Cristo, la guerra tiene un alcance fuera de lo simplemente humano, y Dios lucha en contra de Satán.
Fue a este nivel que Santa Teresa de Lisieux, la Pequeña Flor, dedicó sus días y noches como una guerrera, Es a este nivel que cada uno de nosotros resuelve su salvación, hasta que Cristo regrese en gloria.
La liberación comenzó en el D-Day, el 6 de junio de 1944. Trajo libertad religiosa así como también política para Europa, esclavizada por la ideología de situar la raza y el estado en el lugar de Dios. Ciertamente, los soldados americanos creyeron que la libertad por la que estaban luchando y muriendo incluída una libertad religiosa. El exitoso Guerrero Frío quien murió el 5 de junio del 2004, el Presidente Ronald Reagan, creyó que la libertad de religión era el cimiento de otras libertades. Hablando con el Papa en Roma hace unas semanas, señalé que la libertad de religión está actualmente en algún tipo de peligro en los Estados Unidos debido a que grandes números de personas han llegado a creer que la religión en sí es una amenaza para sus libertades personales, especialmente para su libertad sexual. Los católicos están llamados a ser guerreros en contra del pecado y del mal dentro de nosotros mismos y otros, como siempre, y llamados de una manera especial en este tiempo para defender la libertad de religión en contra de aquellos que quieren cambiar o aplastar a la Iglesia Católica. Sus nombres son múltiples. Algunos están fuera de la Iglesia Católica y otros están dentro.
Un buen guerrero conoce a su enemigo, reconoce las diferencias entre el bien y el mal, lucha inteligentemente y está capacitado para ver a través de las artimañas y desecha la propaganda. Pero eso no es suficiente. Dentro de la perspectiva del autosacrificio de Cristo por nosotros, la guerra llega a un final en perdón. Cristo es nuestra garantía que el perdón de Dios está siempre disponible para nosotros; la batalla más ardua que tenemos que pelear es la resistencia para cooperar con la gracia de Dios para de esta manera perdonar a nuestro enemigo. Esa batalla también puede ser ganada, pero tenemos que orar por la victoria. Que Dios los bendiga.
Fraternalmente en Cristo,
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo de Chicago