En la Alegría del Señor. . . .
Durante la estación de Pascua, los himnos cantan nuestro júbilo por la conquista de Cristo sobre el pecado y la muerte. Aun enmedio de una gran tribulación, los seguidores de Cristo viven en la dicha que la fe en la resurrección trae consigo. Cada unas cuantas generaciones, sin embargo, un discípulo del Señor se vuelve particularmente notorio por su júbilo completo.
Tal y como lo fue San Felipe Neri, quien vivió de 1515 a 1595. El día de su festividad en el calendario litúrgico es mayo 26. Desde muy jovencito en Florencia, Italia, Felipe obsequió su parte del dinero que heredó de su padre a su hermana, debido a que ella tenía que cuidar de muchos hijos, y partió hacia Roma. Aquellos que lo conocían, aun antes de su conversión a Cristo ya como adulto, lo describen como el tipo feliz, de buen humor y cordial. El era muy extrovertido y asequible, muy conocido por su inteligencia
Cuando llegó a Roma, Felipe comenzó a vivir como un ermitaño, pero en las calles, entregándose él mismo a la contemplación: y su alegría natural lentamente maduró en una alegría sobrenatural. Él amaba la soledad y las caminatas por las afueras de la ciudad, dedicando tiempo para la oración en las catacumbas. Por años, él combinó su vida como un ermitaño con sus servicios a la gente de la calle, mendigos, prostitutas, pobres y moribundos. Él pensó que tal vez tendría vocación para ser un misionero en India, pero su director espiritual le dijo que Roma iba a ser su India. Él reunió una docena y algunas otras personas laicas para la oración, para la reflexión sobre las Sagradas Escrituras, para el servicio a los necesitados en las ruidosas y congestionadas calles de Roma.
A la edad de 36 años, Felipe fue ordenado como sacerdote. Un hombre de discernimiento sobrenatural, él fue un experto confesor y director espiritual. Papas, príncipes, personas profesionales y gente de la calle todos venían a confesarse con Felipe Neri. Él continuó reuniendo a las personas para la oración, para compartir las reflexiones y para la celebración de la Eucaristía antes de que partieran a servir a los pobres de Roma. El sitio donde las personas se reunían para la oración era llamado el Oratorio.
Veintiún años después de que las reuniones en el Oratorio comenzaran, Felipe reunió a sacerdotes y religiosos dentro de una comunidad para servir en el Oratorio. Ellos son llamados Oradores, miembros de la Congregación del Oratorio. Ya que las reuniones estaban caracterizadas por el júbilo, la buena música era parte de la oración. Estas composiciones fueran llamadas oratorios, y los más famosos compositores del momento rivalizaban para crearlas. Cuando las multitudes, las cuales se reunían para rezar, se trasladaron a las calles al aire libre, la buena comida y los juegos, fueron parte de la ocasión. Los niños organizaban obras de teatro. Peregrinajes junto a las iglesias principales de Roma distinguían la vida del Oratorio y de los Oradores. Fue una vida construida sobre la amistad en Cristo.
Parte de la herencia de San Felipe Neri es perpetuada hasta nuestros días en la vida de la fraternidad que él fundó, la Congregación del Oratorio. Existen más de 70 Oratorios alrededor del mundo católico, cada uno, una comunidad caracterizada por la alegría y el amor que son el espíritu de San Felipe Neri.
Hace diez años, el Cardenal Bernardin estableció aquí una Comunidad Oratoria en formación, y este año sus cinco miembros, quienes han vividos todos separados, finalmente establecieron una casa para la comunidad en la parroquia de la Inmaculada Concepción en Highland Park. Dos de los Oradores son sacerdotes de la Arquidiócesis de Chicago, un tercero es un diácono y dos hombres laicos son novicios. Su moderador es el Padre Phillip F. Cioffi. Sus miembros están comprometidos en una variedad de servicios pastorales y ministerios en parroquias y en el Centro Pastoral; pero ellos están principalmente dados a vivir la vida del Oratorio, una comunidad de amigos que rezan juntos diariamente, celebrando la Eucaristía y compartiendo las oraciones con los demás.
El objetivo del Oratorio no es tanto utilizar las prácticas de la vida común para santificar a sus propios miembros, sino consagrar a sus miembros para santificar a otros, una labor que deberá al mismo tiempo asegurar su propia santificación.
Si el Oratorio de Chicago continúa desarrollándose, en algún tiempo llegará a ser formalmente asociado, por aprobación de la Santa Sede, con la Confederación mundial de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. Mientras tanto, en este décimo aniversario de su fundación, el Oratorio de Chicago es, me parece, otro indicio de la obra del Espíritu Santo. El Concilio Vaticano Segundo, 400 años después de que San Felipe Neri ofreciera su vida a la santificación de los seglares, proclamó que la llamada a la santidad es universal. Uno se puede imaginar a San Felipe Neri diciendo en el cielo, «Se los dije.» Lo que él descubrió en su propia jornada espiritual es que la mortificación de uno mismo es parte del crecimiento en el amor por el Señor. Lo que él nos dice a todos nosotros es que tenemos que descubrir la alegría de la vida en el Cristo resucitado, quien desea sobre todas las cosas ser conocido, amado y adorado. Lo que podemos esperar de este joven Oratorio de Chicago es un testimonio para el amor de Cristo en medio del ajetreo y trajín de Chicago.
Les pido que me mantengan a mí y a los obispos en sus oraciones. Mantengan en sus oraciones también a esta pequeña comunidad con raíces en Roma y a los Oradores de Chicago en el corazón en Cristo. Que el Señor los bendiga en su décimo aniversario.
Fraternalmente en Cristo,
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo de Chicago