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Arquidiócesis de Chicago

¿Qué decir cuando evangelizamos?

Mayo 2006

Todos tenemos alguna razón para estar agradecidos con el padre Robert Barron, profesor de teología del Seminario de Mundelein, por la serie de charlas que ha dado en las pa-rroquias de la Arquidiócesis en meses recientes, la última dada en la Catedral la tarde del Domingo de Ramos. Esta tarea la realizó como parte de “Misión Chicago”, un importante esfuerzo en el Año de la Evangelización. En ellas habló sobre la manera en que la gracia transforma nuestras vidas cuando abrimos nuestros corazones y nuestra mente, cuando nos abrimos nosotros mismos a los misterios de la fe.

Uno de los grandes obstáculos para convertirnos en una iglesia evangelizadora es el miedo de saber qué decir y cómo responder a las preguntas que nos pudieran hacer. Sin embargo, no tene-mos que sabernos de memoria las Sagradas Escrituras y el catequismo de la Iglesia católica, para atrevernos a abrir la boca. Primero que todo, predicamos con nuestras acciones, a través de los incontables actos de caridad y preocupación que tenemos por otros, que llenan los días de las personas y cons-truyen vidas marcadas por la generosidad. Los católicos que he llegado a conocer en la arquidiócesis son, con frecuencia, testigos silenciosos, pero efectivos, del amor de Cristo. A pesar de todo esto, evangelizar significa presentar a Cristo a las personas, hablar de él. ¿Qué debemos hacer entonces?

Debemos decir que Cristo resucitó de entre los muertos. De eso se deriva el resto, como lo deja en claro la celebración que hace la Iglesia de la Pascua. Durante la Pascua, la Iglesia regresa a sus orígenes para poder experimentar la verdad divina y la vida, su verdadera naturaleza. La Última Cena, la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección son los eventos, tanto humanos como divinos, a los cuales debemos el origen de la Iglesia y que aún hoy en día siguen siendo su motor. Ambos son la base de su identidad, la fuente de la gracia que proviene a través de ella y la garantía de su autoridad para hablar al mundo, guiarlo y dar forma a las vidas de sus miembros. Si Cristo no hubiera resucitado, no habría habido ni fe ni Iglesia.

Existe una aproximación a los misterios de la fe que comienza con la filtración que hacemos de ellos a través de nuestra propia experiencia. Obviamente, la fe da forma a nuestra experiencia; pero la proclamación de quién es Cristo debe comenzar con Cristo, no con nosotros. Tomamos nuestra identidad a partir de él y no a la inversa. Al apresurarnos a encontrar las conexiones que tiene con la vida ordinaria, al hablar únicamente de valores como la paz o incluso el amor, nos arriesgamos a perder lo que lo distingue, el reto que representa la pasión de Cristo, su muerte y resurrección. La prédica de los apóstoles, dada en las lecturas de Pascua cada domingo, comienza con Cristo, continúa con la condena del pecado que lo mató y señala la esperanza y la reconciliación que llega a nuestras vidas con la gracia que, de manera personal, Cristo ganó para nosotros. Si nos quedamos atrapados en nuestra expe-riencia y usamos los misterios de fe sólo para confirmar nuestras propias inclinaciones religiosas, no nos convertiremos.
Y de lo que trata la evangelización es de la conversión a Cristo. La resurrección de Cristo nos trae nueva vida, en sus términos, no una confirmación de nuestras viejas maneras.

En los Hechos de los Apóstoles, vemos a una iglesia que crece en su entendimiento de la resurrección de Jesús. Él no se dirige más a las multitudes sino a aquellos que han sido elegidos para ser sus testigos ante el mundo. La Iglesia nace de una comunión jerárquica, de acuerdo a las palabras del Vaticano II. Jesús confirma la elección de los Doce, reducidos a once por la traición de Judas, los reúne y los envía con la autoridad de enseñar y con el poder de gobernar y santificar. “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Juan 20:21). El Señor resucitado abre el significado total de las Sagradas Escrituras e imprime su importancia en la memoria de la Iglesia, la cual ofrece de generación en generación a aquellos llamados a vivir en la obediencia de la fe.

A las multitudes de Jerusalén, Pedro proclamó: “A Jesús... vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de unos impíos; a él, Dios le resucitó” (Hechos 2:23) Cada año, el Día de Pascua en la Plaza de San Pedro en Roma, el Papa, sucesor de Pedro, anuncia a la ciudad de Roma y al mundo la verdad dadora de vida que es el corazón del Evangelio: “Cristo ha resucitado, ¡Aleluya!” Cuando hace esta proclamación, el Papa da continuidad, con autoridad y certidumbre, la misión dada a los apóstoles. Este es el corazón de toda evangelización. El Papa Juan Pablo II escribió: “La Iglesia, peregrina en la tie-rra, alimentada por el Cuerpo y la Sangre del Cristo glorificado, es la comunidad de la resurrección". El Papa Benedicto XVI, un año después de su elección, repitió el mismo mensaje, como lo harán sus sucesores hasta que Cristo regrese en gloria.

Así pues, ¿qué decir cuando evangelizamos? Que Cristo ha resucitado y, en la fe, nosotros con él.

Por favor mantengan en sus rezos y oraciones a las miles de personas que fueron bautizadas o recibieron en nuestras parroquias, durante la vigilia de Pascua, la comunión católica. Recen por aquellos que estarán recibiendo el sacramento de confirmación, sellando así su bautismo y hagan de ellos testigos de la resurrección de Cristo ante el mundo.

Ore por los jóvenes que hicieron su primera confesión de pecado y quienes, por primera vez, recibirán la Sagrada Comunión en estas semanas que se aproximan. Y dado que estamos llamando a la santidad, también hacemos un llamado a evangelizar. Que el Señor resucitado llene sus vidas de gozo en esta temporada de Pascua.



Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George, O.M.I.

Arzobispo de Chicago

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