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Arquidiócesis de Chicago

Abril 2007

De una patria a otra

Durante la temporada de Cuaresma, todos los elementos de la misa y las oraciones diarias de la iglesia se diseñan para recordarnos que no tenemos aquí ninguna ciudad duradera, que nuestra verdadera patria es el cielo. La disciplina de la Cuaresma nos demuestra cómo vivir ahora en compañía de Dios y cómo encontrar en él nuestro verdadero hogar. Vivimos aquí con la creencia de que somos todos inmigrantes que esperan alcanzar el cielo.

El asunto de la inmigración es a menudo un tema explosivo, pero quizá ponerlo dentro del contexto del viaje espiritual que cada uno de nosotros emprende durante la Cuaresma pueda ayudarnos a todos a ver a los inmigrantes con los ojos de la fe. Lo que impide que algunos ciudadanos de los Estados Unidos vean a los inmigrantes con ojos benévolos, es el hecho de que muchos inmigrantes están aquí sin los documentos de una entrada legal a los Estados Unidos. La simple fuerza que genera el número de inmigrantes anima a comparar su presencia con una invasión, una presencia ilegal de extranjeros en nuestro suelo.

Sin embargo, sin minimizar estos hechos, existen otros factores ante las leyes civiles, además del estado migratorio, que se tienen que considerar cuando se vea a los extranjeros y se examine la problemática de la inmigración con los ojos de la fe. La fe considera a las personas primero que nada como hijos de Dios y merecedores de respecto, porque están hechos a su imagen y semejanza. Esto aplica tanto a los criminales como a los astronautas, tanto a los que sufren una enfermedad mortal, como para los jugadores de hockey, a los pobres como a las estrellas de cine.

Ambos grupos, los que afirman que todos los inmigrantes ilegales deben ser expulsados inmediatamente y los que dicen que los necesitamos tanto como ellos a nosotros, parecerían estar de acuerdo en que el control de nuestras fronteras es inadecuado. El tráfico de seres humanos y el peligro de sufrir una traición y la muerte en la frontera hacen necesario que nuestras fronteras estén mejor protegidas.

Sin embargo, por sí mismo, el control de la frontera no responde a la pregunta de cómo ver y tratar a esos trabajadores ilegales que ya están aquí, muchos de ellos por décadas.

Durante varios años, los obispos de los E.U. han estado viendo y escuchando a los 11 millones de inmigrantes ilegales en nuestro país y han estado pidiendo una reforma integral de la política de inmigración. Una política reformada debería incluir la atención de las causas que originan la migración de un país a otro. A menudo estas causas son económicas, pero en ocasiones son razones políticas o familiares. La nueva política proporcionaría, a través de un programa de legalización merecida, una ruta hacia la ciudadanía para los trabajadores indocumentados y sus familias. Crearía también un programa temporal de trabajo, con la correspondiente protección de derechos de los trabajadores estadounidenses y extranjeros. Animaría la reunificación de familias y reduciría el miedo de la separación que ahora persigue a tantos hogares. Finalmente, una política reformada garantizaría protecciones al proceso debido de todos en este país, sean ciudadanos o no.

Los elementos del programa para la reforma de la política migratoria pueden encontrarse en muchos proyectos de ley que han pasado ante el congreso en los últimos dos años. Partes de este programa han sido promovidas por el presidente y otros líderes políticos, pero hasta ahora se ha logrado muy poco. Parece que ninguno de los dos partidos políticos considera la resolución de este dilema humano como una prioridad.

A nivel pastoral, muchos sacerdotes han acompañado a aquellos que forman parte de nuestras parroquias, independientemente de si son indocumentados o no. Los sacerdotes deben siempre atender a las personas que tienen enfrente y preocuparse por sus necesidades. Esto es, en primer lugar, una cuestión del respecto debido a cada ser humano. Es también un reconocimiento de que, cuando la Biblia habla de justicia, no habla, en primer lugar, de legalidad o igualdad; habla de la relación, primero con Dios y luego con todos aquellos a quienes Dios ama. La justicia de las escrituras es una cuestión de la relación correcta.

“Sacerdotes por la justicia” es un grupo de sacerdotes de la archidiócesis que ha tomado el programa de los obispos de Estados Unidos para una reforma integral de la política migratoria, e insertado en él las necesidades concretas de los inmigrantes que residen aquí. Desde el verano pasado, he intentado seguir su trabajo y responder a él. Les estoy profundamente agradecido por caminar con su gente y abogar por sus necesidades morales y humanas. Ellos están preocupados en establecer las relaciones correctas entre todos nosotros.

Existen muchos aspectos de la problemática migratoria, muchos problemas sin resolver, muchas demandas que complican una resolución aceptable a todos. Sin embargo, detrás de todas las complicaciones y dificultades, hay millones de personas a quienes debemos ver con los ojos de la fe. La fe nos permite vernos y ver a otros en la manera en que Dios nos ve y los ve a ellos. Vernos desde el punto de vista de Dios nos conduce a la gratitud por su misericordia; ver a otros desde el punto de vista de Dios nos permite ser misericordiosos con ellos. Ver a cada uno como hijo de Dios nos permite reconocer a nuestros hermanos y hermanas. Con esa visión, debemos intentar dilucidar nuestras ideas y nuestra conciencia sobre los inmigrantes y sobre la reforma migratoria.

A medio camino de nuestra jornada cuaresmal, pido a Dios por que tengamos una mayor conciencia de donde está nuestro verdadero hogar y de quiénes son nuestros compañeros en ese camino. Que Dios los bendiga.

Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago