Hablando de la película de Mel Gibson sobre la pasión de Jesucristo la semana pasada, me preguntaron por qué Jesús fue llevado hasta su muerte, ¿por qué tuvo que morir para salvarnos? La muerte del Señor se exhibe tan gráficamente en esta película que la pregunta llega naturalmente a la mente de cualquier persona buena y cariñosa: ¿tuvo que ser de esta manera?
Jesús, Él mismo sin pecado, tomó sobre sí mismo todas las consecuencias del pecado para salvarnos de nuestros pecados. En el libro de Génesis, la muerte es la consecuencia final del pecado, muerte física aquí y muerte espiritual para toda la eternidad (Gen. 3: 19). Dios promete a la humanidad caída un salvador y, en la plenitud del tiempo, envía a su hijo, Jesús, que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt. 1: 21). La conquista del pecado significa la conquista de la muerte, la consecuencia del pecado. El Cristo resucitado, en sus primeras palabras a sus asustados discípulos, les dice que estén en paz y después les da autoridad para perdonar los pecados (Jn. 20: 22-23). Si Jesús no hubiera muerto verdaderamente, no hubiera probado los resultados del pecado hasta el mismo fondo y después conquistado la misma muerte, Él no habría podido dar a los apóstoles autoridad para perdonar pecados. La muerte de Cristo en la cruz es un autosacrificio. Él fue libremente hacia él, «para que así los pecados puedan ser perdonados» (Oración Eucarística III).
En el corazón de la Misa, en las palabras de la consagración, hablamos de la traición que sufre Jesús y que lo lleva hacia la muerte para de esta manera poder perdonar pecados. El autosacrificio de Jesús comienza con una traición; Él es entregado a la muerte por un traidor, por Judas, uno de los doce. Judas desencadena una serie de entregas del señor: de Sanedrín a los Romanos, de Pilatos a Herodes y de regreso a Sanedrín otra vez.
Los que Jesús había elegido lo traicionan y huyen. Judas lo traicionó con un beso, identificándolo a los soldados en el huerto de Getsemaní (Mt. 26: 48-49). Pedro, quién tan vehementemente había declarado su fidelidad, niega a ambos a Jesús y a su propia identidad al tiempo que jura que no conoce al hombre (Mt. 26: 69-75). Pero Pedro se arrepiente, mientras que Judas mismo se mata. Entonces y ahora, hay dos posibilidades abiertas a los cristianos pecaminosos, incluyendo aquellos a los que Jesús ha elegido para ser sus apóstoles y sus sucesores: arrepentimiento o desesperación.
Arrepentirse es reconocer una traición. En sus ejercicios espirituales, San Ignacio de Loyola compara a una persona que hace los ejercicios a un caballero que se ha convertido en un traidor y que tiene que aparecer, humillado e invadido con vergüenza, ante su rey. Cada pecado deliberado es una forma de traición. El pecador se aparta de Dios, se escapa de Dios, en un aislamiento que pone a uno mismo y a las criaturas en lugar del creador en el centro de su propia vida. Al huir de Dios, en intentar liberarse de Dios, el pecador cae en el poder de las criaturas y se convierte en un esclavo de las posesiones terrenales, de la carne, del demonio.
Abandonados a nuestros propios seres pecadores, podemos ser solamente farisaicos. Pero el farisaico muere por sus pecados. Aquellos que son salvados, viven y mueren honrados por la muerte y la resurrección de Cristo. San Pablo escribe: Así pues, demos gracias a Dios, porque, después de haber tenido como dueño al pecado, ustedes han sido entregados a otro, es decir, a la doctrina de la fe, a la cual se han sometido de corazón. Con eso, libres ya del pecado, se hicieron esclavos de la santidad.(Romanos 6: 17). Con el bautismo, ha llegado un cambio radical en cuanto al maestro, un cambio de bandos: del pecado a la justicia, de la oscuridad a la luz, de la desobediencia a la obediencia, de la muerte a la vida, de Adán a Cristo.
Pedimos en estos días de Cuaresma por aquellos que serán bautizados durante la Vigilia de Pascua.
En los primeros años de la Iglesia, pareciera que aquellos que eran bautizados, daban la vuelta hacia el Oeste hacia donde el sol se esconde y el lugar donde se reúne la oscuridad, y ahí repudiaban a Satán y todas sus obras. Después se daban la vuelta hacia al este, hacia el lugar del sol naciente, profesaban su fe y saludaban a Jesucristo como Señor, como los soldados que abandonaban al ejército del tirano por el del libertador. La obediencia de la fe es central a la vida de un discípulo de Cristo, que se convirtió en Señor al obedecer al Padre, aun en la muerte en la cruz (liturgia del Viernes Santo). Obedecer a Cristo es convertirse como él que obedeció. Desobedecer a Cristo es traicionar al Señor que nos da vida como a sus discípulos.
Estos días de Cuaresma se nos dan para liberarnos de la esclavitud del pecado, para arrepentirnos de nuestras traiciones, para renovar nuestra lealtad a Cristo y hacer una reparación por el daño hecho a causa de nuestra fechoría. Este proceso de conversión, que debe conducirnos al confesionario, comienza con el reconocimiento de que hemos traicionado al Señor. Judas no podía hacerle frente a su traición; Pedro lo hizo con una enorme angustia en el corazón. Esa angustia es nuestra cuando le hacemos frente a nuestros propios pecados; también es nuestra cuando le hacemos frente a los pecados de otros en la iglesia.
¿Quién entre nosotros no ha reflexionado seria y prolongadamente sobre la traición en el corazón por el escándalo sobre el abuso sexual en la Iglesia? Algunos sacerdotes traicionaron la confianza de los más vulnerables de sus feligreses; algunos obispos traicionaron la confianza que les confería su cargo. Todos nosotros vivimos con las consecuencias de estas traiciones. Los obispos como grupo ha pedido perdón de Dios, pero nosotros debemos vivir con las consecuencias del pecado, incluso de pecados perdonados. Aquellos que fueron traicionados tienen que encontrar su propia manera de perdonar para poder ser libres, pero deben ser acompañados en este camino por las oraciones de todos. El pecado es siempre social, pero así también es la santidad que viene con el perdón del pecado. El Santo Padre ha rogado que el actual escándalo nos lleve hacia un «sacerdocio más santo, un episcopado más santo, una Iglesia más santa.» Esta es la oración de uno quién entiende, en la fe, que el perdón del pecado nos hace santos.
Existen tantas formas de traición como existen tipos de pecado. Cada uno tiene que hacer su propio examen de conciencia. Hacemos este análisis con los corazones agradecidos, porque Jesús ha muerto por nosotros y por nuestra salvación. Lo hacemos con los corazones esperanzados porque, una vez que el pecado es vencido, la vida eterna ahora es una expectativa realista. En las liturgias de la Semana Santa, el Señor da vuelta a su misericordiosa mirada sobre nosotros como lo hizo sobre Pedro. Lo miramos a él quien ha sido contusionado por nuestras ofensas cuando veneramos la cruz el Viernes Santo y allí reconocemos que adoramos a Cristo y deseamos seguirlo en obediencia fiel. Al pie de la cruz de Cristo, en la compañía de su Santísima Madre y de San Juan, mis oraciones son para ustedes todos los católicos de la Arquidiócesis. Manténgame por favor en sus oraciones.
Fraternalmente en Cristo,
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo de Chicago