En busca del rostro de Cristo: ¿Qué tipo de año será el 2006?
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Después del año de la Eucaristía celebrado en el 2005, los obispos y sacerdotes de la Arquidiócesis han hecho un llamado para celebrar un Año de la Evan-gelización en el 2006. Evangelización, la conversión a Cristo en su cuerpo, la Iglesia, son el propósito y la misión cons-tantes de la Iglesia; sin embargo, este año habrá un énfasis especial para reflexionar acerca de las distintas maneras en que las parroquias pueden llevar a cabo esta misión. Como un esfuerzo especial, el Padre Robert Barron del Seminario de Mundelein conducirá una misión arquidiocesana con homilías públicas y otras oportunidades adicionales para el Sacramento de la Reconciliación El Festival de Fe que se realiza en febrero tiene como tema general la Nueva Evangelización. Muchas parroquias encontrarán su propia manera de poner en práctica la guía arquidiocesana para la evangelización denominada "Spreading the Holy Fire" .
Un año de evangelización significa un año de conversión. Por otro lado, he incluido dentro de mis actividades diarias un tiempo extra para orar ante el Santísimo Sacramento con el fin de pedir el perdón de Dios por el pecado del abuso sexual de menores. Durante esos momentos que paso ante el Señor, intento traer a la mente, además de las muchas víctimas que he conocido de manera personal y con quienes he orado en años recientes, a todos aquellos que quizá aún no han dado a conocer su caso y a las otras muchas víctimas que están sufriendo en silencio en nuestra sociedad. Las oraciones por nuestra conversión total a Cristo y por la conversión del mundo debe convertirse en parte del Año de la Evangelización en nuestros hogares y en nuestras parroquias.
Estoy conciente de que cualquier iniciativa de la arquidiócesis, especialmente una llamada a la conversión, se complica ahora por lo notorio de las acusaciones hechas contra el Padre Dan McCormack. Como la mayoría debe saber ahora, a finales de agosto, el Padre McCormack fue llevado fuera de su rectoría y de su trabajo, interrogado por la policía sobre una acusación en su contra por molestar a un menor de edad y después puesto en libertad. Debido a que las autoridades públicas lo dejaron en libertad, asumí que no representaba un peligro para nadie y que, si se le restringiera en su ministerio y fuera supervisado, tendríamos tiempo para hacer nuestra propia investigación de acuerdo a las leyes de la Iglesia. La información que se supone debía llegar desde diferentes fuentes de la Arquidiócesis no llegó como era de esperarse aunque, en el mismo retraso de la investigación, debió haber habido más señales de alerta que me permitieran actuar más rápidamente. Sobre todo, estoy atormentado por el espectro de rostros de aquellos que pudieron haberse visto traicionados. Con frecuencia rezo para pedir que encuentren la libertad de la trampa que representa el pecado de otro.
Verse libre del pecado es lo que trae consigo la conversión, lo que promete la evangelización. Los pecados de los sacerdotes y los obispos destruyen a la Iglesia por lo que le pido a Dios que nuestra arquidiócesis no sufra daño. Lo que me suceda a mi como consecuencia de todo este asunto es lo menos importante; lo que le suceda a la Arquidiócesis es de gran importancia. La Arquidiócesis de Chicago ha atendido el escandaloso problema del abuso sexual de manera directa y desde principios de la década de los noventa del pasado siglo. Y desde que los Estatutos para atender este problema fueron creados en Dallas en el 2002, hemos guardado las promesas hechas entonces. Aún puedo afirmar lo que ha sido nuestro caso por años: hasta donde yo sé, ningún sacerdote que ha sido acusado con razón justificada de abusar sexualmente de un menor en el pasado, está en el ministerio público. Detrás de la tarea de seguir cumpliendo esta promesa se encuentran personas involucradas. Creo que hacen un buen trabajo, pero cada aspecto de esa obra será objeto de revisión por parte de personas especializadas que no son empleados de la arquidiócesis. Pero sobre todo, quiero decir que el abrumador número de sacerdotes que trabajan día a día en las parroquias, que oran y viven en el bien, no debería ser deshonrado por causa de los pecados hechos durante los pasados cincuenta años por un reducido número de ellos.
Este record es despreciado diariamente. Un torrente constante de historias, ninguna de las cuales están totalmente libres de errores, abruma y da forma a la discusión pública que da a toda la Iglesia una mala reputación. Esto, creo yo, es injusto. El patrimonio, tanto espiritual como material, de esta iglesia local ha sido construido con sumo cuidado por muchas generaciones. Mis propios padres y abuelos contribuyeron a construir este tejido. Fui criado en ella y la aprecio como si fuera mi madre. No es la voluntad de Dios que esta arquidiócesis sea destrozada; sin embargo, Dios necesita nuestra cooperación para prevenir que sufra daño y para hacerla más fuerte en este año 2006.
La Iglesia existe para ayudar a las personas a ver el rostro y escuchar el llamado de Jesús, Cabeza de la Iglesia y el Salvador del Mundo. Él vuelve su rostro hacia nosotros y nos transforma a través del ministerio de sacerdotes y obispos ordenados y de otros en la Iglesia. Si los pecados de los sacerdotes fueran razón suficiente para abandonar a la Iglesia, los primeros seguidores de los Doce Apóstoles habrían sido abandonados miles de años atrás. Esto no es para minimizar de ninguna manera la traición que el Pueblo de Dios y su propia oficina sagrada ha recibido por parte de sacerdotes pecadores. Hacer penitencia por todos estos pecados será parte de mi vida este año y, estoy seguro, de otros sacerdotes y obispos también. Pero la Iglesia es más que cualquiera de nosotros, incluyendo sacerdotes y obispos y la Iglesia, una con Cristo, dirige nuestro amor y lealtad en buenos y malos tiempos.
Hace diez años, poco después de su muerte, el Cardenal Bernardin dio comienzo a una iniciativa de Mutuo Acuerdo debido a su preocupación sobre el daño que pudieran estar causando a la Iglesia las divisiones que en ella existían. La preocupación en aquel tiempo era por divisiones ideológicas, la mayoría de las cuales aún persisten. Las fuentes de nuestras divisiones hoy en día me parecen a mi que son aún más profundas, pero pueden encontrar alivio si la búsqueda de un acuerdo mutuo comienza con reunirnos alrededor de Jesucristo, contemplando su piadoso rostro y pidiendo por el perdón y el alivio. Ciertamente pido eso a Cristo y a todos ustedes este año.
Por doce años, de 1974 a 1986, visité iglesias locales en todo el mundo como parte de mis responsabilidades en mi familia religiosa, los Oblatos de María Inmaculada. Donde quiera que fui, en Sudamérica, en Asia, en África y en los países comunistas, y en todo lugar, la Iglesia católica era un oasis de paz y esperanza para esos atribulados pueblos. Sólo al regresar a mi propio país es que he visto una Iglesia retratada casi únicamente como una fuente de opresión y corrupción. No somos eso y, juntos alrededor de Cristo, encontraremos el valor para vivir este año la misión evangélica que Él nos encomendó.
Ustedes están en mis oraciones diarias; por favor ténganme en las suyas.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago