Febrero 2007
Escuelas de espiritualidad
El año pasado, el Consejo Pastoral
Arquidiocesano, en su mayoría
laico, pidió al Consejo
Presbiteriano que considerara la manera
en que se podría utilizar la homilía de la
misa para profundizar la comprensión
que tiene la gente de algunos misterios
cuestionados de la fe. La petición se presentó
durante una discusión sobre lo que
significa ser católico. Muchas de los símbolos
más externos del catolicismo, las
prácticas que las personas asociaban con
la vida en la Iglesia, fueron abandonados
hace más de treinta años. La desaparición
de protecciones externas dejó la vida
interna de la fe expuesta al error y a la
confusión.
Lo que hicieron los sacerdotes fue
tomarse el tiempo de pedir a los representantes
del Consejo Pastoral
Arquidiocesano que clarificaran lo que
les estaba pidiendo; finalmente se convino
en una lista de seis temas. Los seis
temas que se deben discutir en algún
momento del año, dependiendo de las lecturas
y de la estación litúrgicas, son: la
Eucaristía, el sacerdocio ordenado, la
penitencia o la reconciliación, el matrimonio,
la Santísima Virgen María y la
inmigración.
La primera impresión que me deja
esta lista, excepto la sexta preocupación
por el tema de la inmigración, es que
hemos vuelto a la Reforma Protestante.
En tiempos de la Reforma, cuando la unidad
visible de la Iglesia se había roto por
razones doctrinales, la misa se convirtió
en un servicio conmemorativo para la
mayoría de los reformadores, su unidad
con el sacrificio de Cristo en el Calvario se
convirtió en puramente "espiritual" y la
representación objetiva, sacramental,
substancial de ese sacrificio fue negada.
Con la desaparición del sacrificio de la
Misa, el sacerdocio ordenado fue reducido
al ministerio, una función o servicio
basado solamente en el bautismo. El
sacramento de las Órdenes Sagradas se
perdió en la vida de las comunidades de
fe protestantes. Con la pérdida del sacerdocio
ordenado, el sacramento de la penitencia
o la reconciliación llegó a ser innecesario,
porque ni la Iglesia ni el
sacerdote mediaron la relación entre el
penitente y la misericordia de Dios. Ni el
enlace del matrimonio continuó gozando
del carácter sacramental que tenía, pues
se abrió ese lazo a la reducción contemporánea
del matrimonio como un permiso
externo, legal de tener sexo entre dos
adultos que lo consentían. El individualismo
que queda cuando desaparece la
mediación hace que incluso se vea a los
santos como competidores de Cristo, de
tal manera que no se deja opción alguna
para que la Santísima Virgen Maria y
otros santos rueguen por nosotros o nos
cuiden. En el mejor de los casos, se convirtieron
en recordatorios del buen comportamiento
en la historia; la devoción a
aquellos es clasificada como una forma
de idolatría.
Existen muchas buenas personas cuyo
camino hacia la santidad está conformado
por el individualismo religioso y la
interpretación privada de lo revelado por
Dios. A estas personas sin embargo, se
les llama protestantes. Cuando un grupo
informado y comprometido de católicos,
tales como el Consejo Pastoral
Arquidiocesano, produce una agenda
para la discusión que es, históricamente,
protestante, se envía una importante
señal. Los católicos asimilados a la cultura
estadounidense, la cual ha sido históricamente
protestante, están viviendo
ahora la gran tensión producida por la
manera en que su cultura los forma y lo
que su fe católica les dice que sean.
Esto no es una sorpresa. Muchos
escritores que afirman ser católicos obtienen
fama para sí mismos atacando verdades
básicas de nuestra fe. Sin la integridad
personal que los llevaría a admitir
que simplemente han perdido la fe que
nos viene de los apóstoles, la reconstruyen
sobre una base puramente subjetiva
e individualista y la llaman renovación.
El Concilio Vaticano II no fue convocado
para volver protestantes a los católicos.
Fue convocado para pedir a Dios que condujera
a todos los seguidores de Cristo a
la unidad en la fe de modo que el mundo
creyera lo que es Cristo y viviera con él en
su cuerpo, la Iglesia. La re-programación
de católicos, incluso en algunas de nuestras
escuelas y en algunos programas de
educación religiosa y programas litúrgicos,
nos ha traído a un momento reconocido
claramente por los obispos en el sínodo
de 1985 (cuando el catecismo de la
Iglesia católica fue propuesto como solución
parcial a la confusión sobre los misterios
centrales de la fe) y reconocido por
muchos otros hoy en día.
Este ejemplar de está dedicado a la fe
en la educación y a celebrar nuestras
escuelas católicas. Nos hacen sentir
orgullosos y agradecidos. El Dr. Nicholas
Wolsonovich y otros ha puesto a la identidad
católica y a la herencia de la fe apostólica
en el centro de sus esfuerzos reformadores
dirigidos a nuestras escuelas.
Las discusiones sobre la identidad de los
colegios y universidades católicos continúan
a pesar de la oposición de algunos y
el letargo de otros. La naturaleza de los
servicios de salud católicos se ha resuelto
bien en el papel, pero la puesta en práctica
resulta difícil por muchas razones.
Podríamos continuar mencionando casos
de cada institución católica, incluyendo
las parroquias y diócesis mismas. La
iglesia es y debe ser un techo muy grande.
Pero los postes se plantan firmemente
en la revelación divina y la respuesta
de la Iglesia a la auto revelación de Dios
hace más de dos mil años. Es una respuesta
comunal; el individuo y su auto
expresión nunca son normativos. La
anterior es una afirmación difícil de aceptar
en una cultura formada por el protestantismo
y la posterior Ilustración.
Estoy esperando con ansias el siguiente
año. Si hemos de proponer nuestra fe
al mundo, necesitamos estar mejor plantados
en ella. Como el Papa Juan Pablo
II decía a menudo, el proponer, no es
imponer. Cualquier proposición merece
nuestro respeto por respeto a la persona
que la externa; sin embargo también
debe ser cuestionada cuando es falsa. En
materia de fe, la verdad y la falsedad
dependen de garantías teológicas de la
historia. Puesto que la historia, para
muchos estadounidenses, es un sinsentido
y, para algunos académicos, es solamente
un campo que se debe trabajar a
voluntad, veremos qué tan lejos llegamos
este año.
Lo que me queda claro es que Dios nos
está llamando a ser auténticamente católicos
en nuestra fe y también, quizás de
manera paradójica, protestante en nuestra
cultura. Vivimos donde estamos, no
en un mundo ideal donde todo funciona a
la perfección. Aquellos que se retiran a
enclaves sectarios, incluso en nombre de
la ortodoxia pero sin el respecto o la obediencia
a los mediadores llamados obispos,
están repitiendo simplemente la
Reforma Protestante con etiquetas católicas.
Lo necesario es vivir con corazones
y mentes capaces de discernir
Necesitamos continuar preguntándonos
las cosas que están influyendo nuestra
manera de pensar, nuestras decisiones,
nuestros sentimientos y nuestros afectos.
Una vida de discernimiento constante no
siempre es fácil, pero es gozosa porque
significa vivir con el Espíritu Santo, cuya
presencia nos trae verdad, consolación y
unidad.
En el Espíritu, las relaciones que nos
atan a Cristo y a los otros siguen siendo
fuertes. Nuestra esperanza, incluso
nuestro optimismo, continúan seguros
sin importar el desafío. Hacemos frente a
cada desafío, incluyendo aquellos que
nosotros mismos creamos con nuestra
pecaminosidad, no sólo juntos aquí y
ahora sino con todos los santos y con
Cristo mismo.
Que Dios los bendiga y los haga santos
en la comunidad de la fe, la obediencia
y el amor que es su Iglesia.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago