¿Es la mente humana más grande que el método científico?
Últimamente en las noticias ha habido muchos reportajes y comentarios acerca de la evolución y del diseño en la naturaleza. ¿Es la llamada "teoría del diseño inteligente" científica o religiosa? La respuesta en breve es: Ninguna de las dos. Es filosófica. Esto significa que las teorías sobre el propósito que tiene el orden natural pueden ser construidas y discutidas sin referirse a creencias religiosas o sin verificación a través del método científico. Dichas ideas pueden ser debatidas de manera racional como verdaderas o falsas sin la ayuda de la revelación y fuera del laboratorio. Los filósofos han especulado acerca del origen del mundo sin conocer la Biblia o el método científico. En sus especulaciones, los filósofos han construido métodos de argumentación y demostración que son puramente racionales sin ser científicos en el sentido contemporáneo.
Desafortunadamente, hace aproximadamente 50 años que la filosofía pública prácticamente desapareció del discurso estadounidense. Todo lo que tenemos ahora son argumentos científicos, por un lado, y creencias religiosas por el otro. Cuando surge una pregunta difícil como esta sobre el comienzo del cosmos y de la raza humana, las personas suponen que la respuesta tiene que ser dada en estrictos términos científicos o con un contexto religioso. Esa suposición es en sí misma un error y nos lleva a resolver discusiones públicas a través de solicitudes a los jueces para que decidan sobre cosas que caen fuera de su competencia, pues como vemos los jueces son ahora los árbitros en cada discusión pública en nuestro país. Irónicamente, la ley por sí misma se supone que es un trabajo de diseño inteligente, como son los argumentos que utiliza; y sin embargo, la ley no es ni científica ni religiosa. Los abogados, me parece, no tienen por qué decirle a nadie qué es lo científico o qué es lo religioso basados únicamente en sus propias especulaciones. Lamentablemente ese es precisamente el orden social que ha surgido en este país.
El año 2005 se cumplió el aniversario número 150 de la publicación de un libro escrito por Charles Darwin, El origen de las especies por medio de la selección natural. Este año el trabajo y las teorías originales de Darwin serán el objeto de muchas exposiciones museográficas, incluyendo una importante exposición en el Field Museum of Natural History aquí en Chicago. Darwin mismo tuvo diferentes opiniones acerca de la manera en que su trabajo científico impactó a la religión, un campo en el cual tenía interés pero que aparentemente abandonó sin resolver de manera personal. A partir de sus observaciones cuidadosas del desarrollo histórico de plantas e insectos y pájaros y animales, Darwin elaboró una teoría de selección natural al azar para explicar el desarrollo de las especies biológicas. Si la selección natural aparece al azar, la naturaleza parecería no tener un diseño propositivo y no necesitaría un diseñador. En los últimos ciento cincuenta años los darwinistas han utilizado con frecuencia el éxito que tuvo Darwin para explicar el desarrollo de las especies biológicas para hacer de esta una teoría filosófica, una explicación universal para todo lo que existe en la naturaleza, la única clave para obtener la verdad sobre la realidad. Cuando los científicos se extralimitan, abandonan el campo de la ciencia y hacen filosofía.
Un caso que ejemplifica este punto es el de Richard Lewontin de la Universidad de Harvard, quien fue citado en un periódico de Chicago el pasado 6 de octubre. "Nuestra disposición para aceptar afirmaciones científicas que están en contra de nuestro sentido común es la clave para entender la verdadera lucha que existe entre la ciencia y lo supernatural. Tomamos partido por la ciencia a pesar de la absurdidad patente de algunas de sus premisas, a pesar de su incapacidad para cumplir con muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar de la tolerancia que tiene la comunidad científica para historias sin sustento, debido al compromiso previo que tenemos con el materialismo". El materialismo no es una teoría científica moderna; es una teoría filosófica con un antiguo pedigree. El hecho de que la teoría científica moderna pueda estudiar sólo los fenómenos materiales no abona nada para probar la verdad del materialismo filosófico. Cuando un científico hace semejante afirmación, entra en un campo intelectual que no tiene nada que ver con su especialidad y conocimiento. Se está extralimitando. Cuando cualquier persona utiliza la palabra "evolución" como un sustantivo, como si fuera un nombre para "Dios", están pasando una línea. Los científicos honestos saben esto, incluyendo aquellos darwinistas que se esfuerzan por explicar la teoría de la evolución de tal manera que no se convierta en otra forma de materialismo filosófico y no pueda utilizarse para "desaprobar" realidades espirituales que caen, por definición, fuera de la esfera del método científico.
Si los científicos necesitan ser cuidadosos en no extralimitarse, lo mismo necesitan hacer los teólogos y las personas de fe. Uno no necesita aprovecharse de la debilidad de algunos aspectos de la teoría darwiniana o de sus carencias para "probar" la necesidad de Dios. Uno comienza el argumento filosófico para la existencia de Dios yendo más allá de lo observable, más allá de cualquier teoría científica y preguntándose por qué hay algo en lugar de nada. Incapaz de afirmar la existencia de un Creador y sin embargo, conciente del hecho de que algo no puede surgir de la nada, el antiguo filósofo Aristóteles dijo que el mundo debía ser eterno. Nunca tuvo un comienzo. Esa es una tesis honesta y discutible sobre sus propias presunciones filosóficas. Santo Tomás de Aquino pensó que era la única respuesta filosófica posible, a menos que uno creyera en un Creador. Santo Tomás pensó, por supuesto, que se podía encontrar argumentos filosóficos para la existencia de Dios. Él no los necesitó porque aceptaba la existencia de Dios a partir de su propia fe religiosa. Pero la fe no invalidó los argumentos para la existencia de Dios únicamente partiendo de una razón natural. Tomás respetaba tanto a la ciencia, como él la conoció, como a la filosofía.
Como creyentes, sin embargo, Santo Tomás y nosotros aceptamos muchas verdades a partir de la revelación divina. Algunas de estas verdades de fe pueden ser apoyadas con argumentos racionales; por ejemplo, la necesidad de un creador para sacar algo de la nada. Otras verdades de la fe, sin ser irracionales, no pueden ser probadas; por ejemplo, la resurrección de Jesucristo de la muerte. Confiamos en testimonios y en el poder del Espíritu Santo en nuestros corazones para encontrar la convicción acerca de tales verdades. El testimonio escrito de las obras de Dios, las Santas Escrituras, está libre de error, pero sólo en sus propios términos. La Biblia no es como un periódico sino como una biblioteca; contiene distintas formas literarias utilizadas para dar testimonio de las verdades de la revelación divina en diferentes maneras. La Biblia es en sí misma un testimonio, no sólo de la auto revelación de Dios en la historia, sino también de la amplitud del intelecto humano, capaz de considerar lo visible y lo invisible, capaz de reflexionar acerca de todo el espectro de la realidad. El intelecto, o el uso de la inteligencia humana, es una de las maneras en que mostramos que los seres humanos no son reducibles a lo puramente material.
El mes pasado, la Iglesia leyó el comienzo del Evangelio según San Juan: "En el principio era el Verbo". En un par de meses, en la Vigilia Pascual, leeremos del Génesis: "En el principio, creó Dios los cielos y la tierra". Hay patrones en la naturaleza, y estos pueden ser utilizados para demostrar el desarrollo evolutivo en la ciencia y para argüir la existencia de un diseñador propositito en filosofía. En la fe, sin embargo, contemplar el orden del universo nos lleva a la adoración y la alegría del corazón. No estamos solos. Dios nos sustenta en el ser y nos acompaña a través de la historia. No hay nada que desapruebe eso en la ciencia, ni lo puede haber. Agradecidos a Dios por el don de la fe, necesitamos agradecerle también por los avances en la ciencia y por el don de la inteligencia humana en todas sus dimensiones. Que Dios los bendiga.
Sinceramente suyo en Cristo:
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago