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Febrero 2004
¿Cuál es el pecado contra el Espíritu Santo?
La Semana Nacional de las Escuelas católicas (Enero 25-31) nos dió a todos los que nos hemos beneficiado de una educación católica en escuelas parroquiales y otras escuelas católicas una oportunidad de agradecer a los profesores y los administradores y el personal de estas escuelas por su esmero a la misión de la educación católica.
Por casi un siglo en este país, las escuelas católicas eran sobre todo «escuelas de hermanas» con algunos hermanos y sacerdotes también en el cuerpo de enseñanza; pero las escuelas ahora, en gran parte están en las manos de gente laica dedicada, que continúan la misión con los mismos resultados: dándole a hombres y mujeres jóvenes las habilidades necesarias y la fe requerida para la vida en este mundo y en el siguiente. Ellos pasan de escuela primaria a la secundaria. Se gradúan y la mayoría asisten a la universidad. Sobretodo, ellos continúan viviendo responsablemente y con esperanza, no importa dónde Dios los llame a pasar sus años en esta tierra. No existe ningún otro sistema de educación que cercanamente se le asemeje a los logros de las escuelas católicas. En meses recientes, el Consejo Pastoral Arquidiocesano ha estado reflexionando sobre el estado de nuestras escuelas y examinando las políticas de la educación de la Arquidiócesis.
Los padres de familia católicos tienen la obligación de criar a sus niños en la fe católica. Su propia salvación está en peligro si no pueden ayudar a sus niños a aceptar y a vivir según el regalo de fe de Dios. Las escuelas Católicas no son los únicos medios de transmitir la fe, sino que están entre los mejores medios para lograrlo, junto a una vida familiar católica y la parroquia.
Los padres tienen muchas razones para hacer uso de las escuelas católicas: educación excelente; ambiente seguro; garantía de que los valores en la escuela son los valores del hogar. Hace un par de meses, me senté al lado de una mujer en un evento para recaudar fondos para una escuela secundaria católica en Chicago. Ella me dijo que su hijo de 11 años asistía a la escuela parroquial local, aunque los niños de muchas de sus amigas estaban en escuelas privadas exclusivas. Cuando le pregunté por qué ella lo envió a la escuela parroquial, ella respondió: «Cardenal, él tiene 11 años. Cuando él tenga 19, deseo poder sentarme a la mesa frente a frente y saber quien es él.
Eso es una razón excelente para enviar a un niño a una escuela católica. La razón básica, sin embargo, que la iglesia administre escuelas es sobre todo para decirle a cada uno quien es Jesús Cristo. Es aceptable plantear esta pregunta; se resiente cuando se contesta con la certeza de la fe. Poncio Pilatos hace mucho tiempo le preguntó al mismo Jesús: «¿qué es verdad?»(Jn. 18:38). Un hombre de poder, Pilatos era cínico sobre cualquier cosa más allá de cuestiones de peso o influencia. Gente más apacible pudo simplemente ser escéptica de respuestas sobre cualquier cosa más allá de su propia experiencia. ¿No es más importante, ellos preguntan, hacer lo mejor de uno, ser honesto y amable e intentar hacer del mundo un lugar mejor, sin tener que ser tomados con preguntas abstractas qué solamente sirven para dividir a la gente? ¿Por qué alborotarse sobre lo que debemos creer?
¿Es importante seguir preguntando, «¿es esto verdad, y porqué?» en cada área de nuestra experiencia. Una persona humana que vive en falsedad vive menos libremente de lo que Dios ha querido para nuestro vivir. Prácticamente, es importante saber si está lloviendo de verdad o si el sol está afuera. Es importante que un ingeniero sepa la verdad sobre la tensión en cada material diverso de construcción. Es importante que una esposa sepa la verdad sobre su marido, si va a existir confianza entre ellos. Es sumamente importante saber si es verdad que Dios ama tanto al mundo que El envió a Su Unico Hijo, nacido de una mujer, para ser nuestro salvador (Jn. 3: 16 y Gal. 4:4) Los métodos para llegar a la verdad en todas estas materias pueden variar y sí varían; pero ya sea que uno viva en verdad o en error eso lo determina, finalmente, si uno vive en la libertad o en la desilusión, en esperanza o desesperación.
Las escuelas católicas comparten la misión de la Iglesia de decir la verdad y continuar en la búsqueda para profundizar nuestra comprensión de ella. Nuestras escuelas tienen la libertad para discutir preguntas, especialmente sobre Dios y otras verdades de fe, que otras escuelas no pueden preguntar. Hablar sobre las verdades de la fe no es siempre bienvenido, sin embargo, y nuestras escuelas deben también entrenar a estudiantes para ser mártires. Los mártires son los creyentes que pueden traer su fe en cada área de experiencia: negocio, política, las artes, cuidado médico, cultivando y fabricando, ventas y comunicación. Los mártires están preparados, en la presencia del escepticismo y del poder, de explicar la esperanza que está en ellos (I Pedro 3:15). Conocen su fe y pueden explicarla mientras que la viven. Ellos están conscientes de la acción de Dios en sus vidas y en el mundo y hacen lo mejor de ellos, con la gracia de Dios, para responder fielmente, cada uno según su propia vocación de Dios.
¿Cuál, entonces, es el pecado contra el Espíritu Santo? Perder la esperanza deliberadamente negando la verdad, porque este pecado arregla o fija la voluntad de uno en el mal y lo hace a uno sirviente del Padre de las Mentiras. Ni siquiera Dios puede perdonar a alguien que elija deliberadamente rechazarlo, cuya dureza de corazón cierre la mente (Mt. 12:31; Mk. 3:29; Lk. 12;10). Para la mente, hay sermones sólidos y libros, buena catequesis y educación católica; para el corazón, hay padres cariñosos, pastores que cuidan y la compañía de santos. Vivimos en esperanza porque Dios libremente envía al Espíritu Santo; pero tenemos el deber para entrenar a los jóvenes para vivir en espíritu y en verdad.
El tema de este año para la semana de las escuelas católicas fue «Escuelas católicas: Un Futuro Lleno de Fe.» Estoy muy agradecido con todos los que apoyan la educación católica y las escuelas católicas.
Atentamente en Cristo
Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago
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