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Arquidiócesis de Chicago
Enero 2006

Sobre no reducir de tamaño a Jesús

La Navidad es el momento del año que muchas personas eligen para evaluar quién es Jesús. Es común que Jesús termine viéndose, de manera sospechosa, como la persona que cuenta la historia o elabora el argumento. Si el autor está involucrado en la vida política, Jesús termina viéndose como un reformador social o incluso un revolucionario. Si el escritor es Thomas Jefferson, Jesús termina como un filósofo moral con una vida desprovista de milagros o de cualquier cosa que pueda a uno hacerle pensar que es divino. Si el orador es un multiculturalista, Jesús es un incluyente, que acepta a todos y a todo, nunca un juez. Cada nación gusta de describir a Jesús como un compatriota en su vestimenta y sus maneras; y esto último es verdad, pues Jesús es el Salvador del mundo entero. Él es siempre uno de nosotros, sin importar quienes seamos. Pero Él es siempre más, por lo que puede llamar al mundo entero a la conversión.

Contar al mundo quién es realmente Jesús es la misión de la Iglesia. A esta tarea la llamamos evangelización, tarea con la que hemos estado luchando por muchos años en la Arquidiócesis de Chicago. La Palabra fue proclamada antes que los cuatro Evangelios canónicos fueran escritos; la evangelización significa proclamar en nuestro propio idioma la verdad sobre Jesucristo. En la Misa de Nochebuena, la Iglesia proclama el Evangelio según San Lucas, la historia de Navidad que lo hace familiar: un pequeño bebé, una madre, un esposo, un establo y un pesebre, animales de granja, un apesadumbrado posadero, pastores, ovejas y ángeles. Excepto por los ángeles, todo es bastante familiar; y aún ellos han sido domesticados en años recientes.

En contraste, el Evangelio proclamado el Día de Navidad es aquel según San Juan. Comienza con la Palabra Eterna, unigénita del Padre de toda la eternidad, el diseño para la creación del universo, hecho carne por un milagro de Encar-nación y habiendo recibido una misión, la cual fue preparada por Juan el Bautista, a quien nunca se le debe confundir con el muchacho de la puerta de enfrente. Cuando se leen y contrastan las dos relaciones sobre quién es Jesús, llegamos a la conclusión, de nueva cuenta, que Jesús siempre es más. La Iglesia está para contar todas las historias que son verdaderas y al hacerlo llamarnos a cambiar, a la conversión.

Un evangelista comunica un mensaje que no es suyo, que no proviene de reflexiones privadas ni de convicciones personales. Un evangelista no es un filósofo con una teoría nueva y fascinante; tampoco es un gurú con un programa novedoso para la superación personal. El evangelista no habla con su propia autoridad o basado en la certidumbre de su experiencia. El evangelista habla con la autoridad de Dios, como los ángeles la noche de la Natividad y el mensaje es, literalmente, fuera de este mundo, una verdad que no podía ser anticipada o adivinada basándose en el pasado.

Los ángeles que proclamaron el nacimiento de Cristo pidieron a los pastores no tener miedo. Éstos tenían toda la razón para estar temerosos, porque lo proclamado por los ángeles iba a romper su mundo. Es normal que el llamado a convertirse en evangelizador cause cierto miedo, razón por lo cual tenemos enormes dificultades para encontrar evangelizadores en nuestros días. Los evangelizadores tienen que dar testimonio de lo que proclaman; ¿y quién se encuentra sin pecado entre nosotros? Tenemos que hablar de los misterios que nunca entenderemos del todo y encontrarnos con una actitud hostil de aquellos que se sienten juzgados porque sienten amenazado su mundo. Pero ese es precisamente el punto. Hemos hecho tantas concesiones a la disfunción del pecado que no podemos resolver nuestro propio problema. Tan cautivos estamos en la red de violencia, odio, miedo y división que no podemos, ni siquiera en principio, liberarnos de ello. Las incomparables buenas nuevas que nos trae el evangelista es que Dios nos ha ofrecido una salida, ha traído luz a nuestra oscuridad y agua para nuestra sed. Y esta salvación ni es una idea, ni un programa, ni una teoría social; es, por el contrario, una persona, alguien llamado "Mesías" y "Señor". Es, nada menos que Dios, quien de manera voluntaria se cubrió a sí mismo con las ropas de nuestra frágil humanidad para permitirnos compartir su vida divina.

El saber que nunca estaremos solos para proclamar la Palabra de Jesucristo puede ayudarnos a aceptar el reto de evangelizar. Cuando anunciamos el Reino de Jesucristo, nos unimos a un ejército de santos en cuyos labios y corazones había el mismo mensaje. A nuestro lado están Pedro y Pablo, Ambrosio y Agustín, Aquinas y Buenaventura, Teresa de Ávila y Teresa de Lisieux, Edith Stein y Maximiliano Kolbe. Los poderes divinos también nos acompañan, junto con las huestes de ángeles. Cuando nos vemos tentados a renunciar a la evangelización, convencidos de que la proclamación del Evangelio será ahogada por las voces insistentes y opuestas de la cultura secular, debemos darnos valor apoyados en esta magnífica compañía. El declarar quién es Jesucristo nos lleva a la solidaridad con los poderes tanto visibles como invisibles.

El cardenal Avery Dulles afirmó que la atención que en la actualidad pone la Iglesia a la evangelización, motivada por el propósito del Vaticano II y por los escritos tanto de Paulo VI como de Juan Pablo II, constituyen uno de los desarrollos más notables en la historia moderna del catolicismo. Hemos descubierto de nuevo que la predicación de la Palabra, explicando cómo Jesús es siempre más, no es sólo una tarea entre las muchas que tiene la Iglesia sino más bien, es la tarea alrededor de la cual giran otras actividades eclesiales.

Y con el objetivo de enfocar de nueva cuenta nuestros esfuerzos y atención a la evangelización, he pedido al Padre Robert Barron, un conocido y respetado sacerdote de la arquidiócesis y profesor de teología del Seminario de Mundelein, que guíe una renovación evangélica en la Arquidióecesis. Le he pedido que predique la conversión a Jesucristo a través de misiones especiales que se realizarán en los seis vicariatos, en las escuelas y en los medios. Tengo la esperanza de que las actividades del Padre Barrón den nuevo ímpetu y enfoque a la misión evangelizadora de la Iglesia de Chicago. Mi plegaria es que, en el próximo año, podamos unirnos en el trabajo privilegiado que los ángeles tuvieron la Nochebuena, anunciando buenas nuevas de gozo y alegría, señalando, en la plenitud de divina autorevelación a Aquel que, de manera única, es Mesías y Señor.


Les deseo a ustedes y a sus familias una Navidad llena de bendiciones y un Año Nuevo rebozante de felicidad y paz.

Sinceramente suyo en Cristo:

Cardenal Francis George, O.M.I.
Arzobispo de Chicago

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