En los últimos meses, he escrito sobre las diversas maneras en que participamos en la vida de la Iglesia; pero podemos participar en la Iglesia solamente porque Dios participa en la familia humana. Esa participación divina en su condición humana a través de Jesús, quien es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, significa que nunca estamos solos. La Navidad es una festividad familiar, y Dios es «parte» de la familia.
La Navidad reúne a la gente menos afortunada y a las grandes visiones. Todo es absolutamente alegre pero también escandaloso. ¿Cómo puede el Todopoderoso, el infinito y eterno Dios convertirse en uno con nuestra naturaleza caída en un solo individuo? Jesús participó verdaderamente en nuestra naturaleza humana en una manera muy individual y concreta. Con su madre María y José su padre adoptivo, con su trabajo de carpintero y con el arameo como su lengua materna y las Escrituras Hebreas, con su banda de discípulos iletrados y sus convicciones judías sobre el reinado de Dios, este hombre que fue ejecutado bajo Poncio Pilato es el Hijo del altísimo Dios, el centro de la historia universal y el significado de la existencia humana.
La primera carta de San Juan explica que la salvación llega al mundo en «lo que hemos oído, en lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que admiramos y tocamos con nuestras manos.»(I Juan 1.1) El Papa Juan Pablo predicó hace años durante el comienzo de su pontificado: «Cristo es la llave para el entendimiento de esa gran y fundamental realidad sobre lo que los seres humanos son. Los seres humanos no se pueden entender sin Cristo. O preferible, los seres humanos no pueden verdaderamente comprenderse ellos mismos sin Cristo. Los seres humanos ni pueden entender quienes son ni en qué consiste su dignidad verdadera, ni la naturaleza de su llamada y su destino final. Sin Cristo, los hombres y las mujeres encuentran todo esto incomprensible.» El Papa hablaba contra las pretensiones del Gobierno comunista y ateo de Polonia de controlar toda la vida en Polonia, de la exclusión de Cristo y de su iglesia; pero el Papa cree que Cristo es la clave para entender la naturaleza humana como tal y el destino humano por todas partes, no importa su estado o ciudadanía.
Para algunos, es un gran consuelo comprender que nunca estamos solos.
Dios está siempre con nosotros porque el hijo de Dios es uno con nosotros. El amor de Dios llega a ser suficiente para completar y satisfacer a quienquiera que sea. Para otros, sin embargo, tal proximidad es una amenaza a la autonomía humana. La intimidad de Dios con nosotros es peligrosa. Si Dios está dentro de nuestra naturaleza y de nuestra historia, él puede asumir el control de nuestras vidas. Lo que es una oportunidad para los creyentes encontrar la libertad al entregar nuestras vidas y nosotros mismos a Dios es abrumador y degradante para otros. Y es verdad que invitar a Jesús en nuestras vidas es experimentar un cambio. Cristo rompe nuestras defensas, incluyendo los hábitos de la vida ordinaria.
De la manera más ordinaria, a través del pan y del vino, Cristo viene a nosotros diariamente en la Santa Eucaristía. La Navidad 2004 es la natividad del Año de la Eucaristía, proclamada por el Papa Juan Pablo a partir de octubre de 2004 a octubre de 2005. El Papa quisiera que recobráramos el sentido de la admiración ante el regalo de la Eucaristía. Una admiración eucarística, nacida de la fe, que , sin embargo depende de la admiración al niño de Belén.
Miramos el pesebre, tan común y ordinario. Miramos nuestros propios corazones, tan llenos de distracción y de consternación. Cuando vemos con los ojos de la fe, podemos reconocer a Dios mismo en el Niñito Jesús y la vida eterna en nosotros a través de la recepción del cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Recibir la Santa Comunión durante la Misa de Navidad reúne todo.
En esos momentos después de la Comunión, nosotros sabemos que nunca estamos solos y, lejos de sentirnos amenazados, nos regocijamos en la bondad de Dios.
Durante la Comunión esta Navidad, ruegue por esas personas de quién usted se siente separado, ruegue por este mundo en guerra, ruegue por los que están más lejanos de la experiencia del amor Dios. Yo pediré por usted y le pido que usted ruegue por mí. Nunca estamos solos. Que tengan una bendita Navidad usted y las personas a quien usted ama.
Fraternalmente en Cristo
Cardenal Francis George, OMI
Arzobispo de Chicago