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Arquidiócesis de Chicago
Enero 2004

Navidad: un Niño ha nacido para nosotros

La Navidad y la niñez van entrelazadas de cerca, y la celebración por lo tanto se torna atractiva incluso para aquellos que no creen que el niño Jesús es el hijo unigénito de Dios. Recuerdo una vez, durante una lección catequética sobre la Virgen María, al preguntarle a algunos niños de la primaria qué es lo que siempre se tiene a la mano cuando alguien tiene un bebé, pensé” que contestarían: una mamá; así entonces podría hablar sobre la mamá de Jesús, la Virgen María. La niñita que contestó primero, sin embargo dijo: pañales. Con el claro pensamiento de alguien que aun es una pequeña, ella sabía lo que se necesitaba para cuidar de un bebé.

Los adultos proyectan algunas veces sus propios deseos y los proyectan sobre los niños, porque los niños, que apenas están comenzando sus vidas pueden ser vistos por otros como si pudieran ser cualquier cosa y cualquier persona que un adulto desee. Pero los niños encontrarán su propia voz, si pueden encontrar un adulto en el que puedan confiar y depender. El vivir como un niño es diferente a nuestros recuerdos de cuando éramos niños, pero la mayoría de los adultos pueden recordar sentirse indefensos y aun confiar en un padre u otro adulto. Para la mayoría de los adultos, proteger a los niños, poner el cuidado de los niños antes que las necesidades de los adultos, es un deber feliz, incluso cuando cuidar niños incluya cambiar pañales.

La Arquidiócesis de Chicago ha emprendido en meses recientes un proceso extenso diseñado para hacer de cada adulto empleado por la Iglesia en cualquier capacidad un protector de niños. Los programas anteriores para la protección de niños se concentraban en enseñar a los niños a protegerse ellos mismos en contra de depredadores, especialmente depredadores sexuales.

El programa lanzado recientemente pone la responsabilidad de la protección de los niños a quien le pertenece – a los adultos. El programa es una parte del cumplir de las promesas que hicieran los obispos hace dos años cuando adoptaron el convenio para la protección de niños y jóvenes en la Iglesia. Cuando un niño es traicionado por un adulto, especialmente por alguien en quien se ha confiado y que ha sido respetado, el daño puede ser profundo y duradero. Parte del cuidado de las víctimas de abuso sexual por parte de un sacerdote u obispo o de algún otro ministro de la Iglesia, incluye el ofrecimiento de una terapia y el asesoramiento espiritual para intentar reparar el daño; pero en primer lugar, cuanto mejor sería prevenir que jamás ocurriera el abuso. Esto es lo que dicen la mayoría de las víctimas que desean sobretodo evitar que otros sufran lo que ellos tuvieron que sufrir.

La forma más drástica de abuso infantil es, por supuesto, el asesinato de un niño en el vientre de su madre. Un signo de esperanza esta Navidad es el gran acopio de reconocimiento al establecer que el aborto termina con una vida humana, con la vida de un niño. Especialmente en Navidad, sin embargo, que este pecado no conduzca a nadie a la desesperación. La Iglesia, ella misma una madre, perdona a las madres y padres y a otros implicados en el aborto de un niño. Uno que ha sido perdonado en confesión sacramental queda entonces libre para orar por un niño abortado para consuelo y protección. La unión se forja y el niño se convierte en una fuente de vida espiritual para sus padres.

Nuestros informes de noticias sobre la guerra en Iraq, Tierra Santa, partes de África y en otras partes llegan a ser más conmovedores en Navidad cuando reflexionamos en cómo la guerra afecta a los niños. Algunos niños son asesinados o heridos, pero todos los niños en una zona de guerra ven su mundo destruído. Por el bienestar de los niños, necesitamos intensificar nuestras oraciones y trabajar por la paz esta Navidad.

Hace algunos años escribiendo sobre la niñez en una carta sobre la vida familiar, el Papa Juan Pablo II declaró, “Aceptación, amor, estima, material reunido, emocional, educativo y la preocupación espiritual por cada niño que venga a este mundo debe siempre constituir una característica distintiva, esencial de todos los cristianos, en particular de la familia Cristiana.” (Familiaris Consortio, 26). El cuidado espiritual de los niños en familias católicas incluye, primero que todo, su bautismo dentro de las primeras semanas después de su nacimiento. El niño recién nacido, criatura de Dios, se convierte, cuando bautizado en Cristo, un hijo o hija del Padre. En el bautismo, los padres prometen criar a su niño en la fe, con el conocimiento de quién es Cristo y de cómo él quisiera que fuéramos sus discípulos en la Iglesia. La Iglesia patrocina escuelas y programas catequéticos para la formación de niños en la fe, pero solamente cerca de la mitad de los niños católicos en los condados de Cook y Lake están actualmente envueltos en cualquiera de estas escuelas y programas. Ver que un niño puede tener una educación católica en una de nuestras escuelas, esperando que un niño esté presente regularmente para el catecismo, es uno de los mejores regalos que uno le puede dar a un niño católico.

Los que viven en Cristo son siempre niños en su reino. Depender de Cristo es la manera de madurar en la vida espiritual. La libertad no se encuentra en aislarnos de Cristo y de los demás, sino en la misma entrega a Cristo, quien el mismo se entregó para nuestra salvación. A menos que nos hagamos como pequeños, Cristo nos dice que, no tendremos un lugar en el reino de los cielos. Cuando el divino hijo de Dios adquirió la naturaleza humana en el vientre de la Virgen María, Dios mostró el eterno significado de nacer, la bendición de venir de un vientre que da vida. Porque Dios se ha hecho niño, toda la niñez está ensalzada en Cristo. El Papa St. Leo the Great dijo en el siglo quinto: “Por su propio comienzo, Cristo consagró los primeros días de los pequeños.”

La paradoja del cristianismo humano yace, por lo tanto en el Dios que se convierte en antropocéntrico de modo que sus criaturas pudieran ser teocéntricas. Cada niño es un tesoro para sus padres; pero, puesto que un niño viene de Dios, cada niño también nos revela la promesa de vida con Dios, sin las distracciones de nuestros propios proyectos y reflexiones. Nadie viene a Dios sin el corazón de un niño. En la Iglesia de la Natividad en Belén, la entrada está tan baja que uno tiene que inclinarse para entrar al lugar del nacimiento del niño Jesús. Una rima de Navidad lo resume: Porque el creador de todos nosotros yace con el ganado en un establo; porque el Grande viene al pequeño - agradezco a mi Dios.”

Cada día, pero especialmente en Navidad, agradezco a Dios por cada uno de ustedes. Que tengan una bendita Navidad.

Atentamente en Cristo

Cardenal Francis George, O.M.I.

Arzobispo de Chicago

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