La Natividad, nuestra historia
En el mes de noviembre tuve la oportunidad
de asistir a la exhibición
privada de la película The Nativity
Storyo La historia de la Natividad. La película
prestó suma atención a una serie de
detalles que la hacen fidedigna al texto, o
sea a las Sagradas Escrituras, y al contexto,
el locus donde la historia se lleva a cabo.
En ocasiones es tal fiel a la Biblia que inclusive
en momentos donde el director ejerce
una licencia creativa la escena se desarrolla
fiel a las escrituras. La integridad del
film queda de manifiesto cuando presentan
situaciones donde se refleja la tensión político-
económica.
La explotación de los judíos por parte del
Imperio Romano se cristaliza en varios
momentos de abuso, opresión y humillación
hacia los elegidos de Dios. Hay una
buena descripción visual de lo cotidiano y el
Antiguo Testamento es manejado magistralmente
por los personajes de los Santos
Reyes (la película opta por tres, siguiendo
la tradición oral y de otros escritos no
sagrados) y el profundo interés y temor de
Herodes ante las profecías concerniente al
Mesías, ecos del pasado, relegándolo a un
plano de rey terrenal.
Todo esto se complementa con el uso
apropiado de símbolos como la paloma, el
ángel y la estrella enmarcados en una fotografía
espectacular sin caer en imágenes
acartonadas y superficialmente predecibles.
En ocasiones la línea de lo real y lo
sublime no se puede diferenciar estrictamente.
El resultado es una historia personal
que resulta llena de connotaciones universales.
Aun así la película es hermosa y profundamente
predecible. En medio de todo se
hilvana el concepto de las jornadas. María
fue en jornada a ayudar a su prima Isabel.
Los Santos Reyes fueron desde Persia a
adorar al Rey de reyes. José tuvo que hacer
un viaje con su familia a Belén a raíz del
censo ordenado por Cesar. Herodes, en su
ansiedad por mantener su posición construía
fuertes y palacios buscando una jornada
segura de cualquier ataque hacia su
persona y régimen.
Pero, ¿acaso no es esa nuestra historia?
¿Acaso el movimiento de un país a otro,
como nuestros inmigrantes, de un estado a
otro como de ser soltero a casarse, o de una
condición a otra como lo es del alcoholismo
a la sobriedad, no son jornadas, caminos y
rutas que son parte de la condición humana?
Fue precisamente ese el punto de la
encarnación y nacimiento de Jesús.
En los humildes orígenes y en la simplicidad
de un pesebre encontramos la gloria
de Dios, visitándonos en la forma de un
niño. Celebramos en el misterio de la
Encarnación nuestra proximidad con Dios.
Este recién nacido, puro, vulnerable,
expuesto a las circunstancias mortales,
menos al pecado, es nuestro eslabón con
todo lo que es hermoso, con todo lo que es
perfecto, con lo divino. Dios montó su tienda
entre nosotros deshaciéndose de todo lo
que es falso, incompleto y pretencioso.
Nuestro Dios vino como cualquiera de
nosotros, humano y completamente divino
a experimentar todos los retos de la existencia
humana, como lo son las jornadas
existenciales, para que podamos llegar a la
última jornada, el paso de la muerte, hacia
una vida mejor en la eternidad de nuestro
Padre.
Seamos natividad los unos con los otros.
Seamos presencia en nuestros hogares, en
nuestros vecindarios, en nuestra ciudad.
De esa manera podremos desde Chicago
llegar hasta Belén y desde Belén hacia el
cielo. ¡Hermanos, no nos detengamos!
¡Vamos a Belén! Que nuestra jornada
acabe pidiendo posada en las puertas del
cielo.