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Arquidiócesis de Chicago

La Natividad, nuestra historia

En el mes de noviembre tuve la oportunidad de asistir a la exhibición privada de la película The Nativity Storyo La historia de la Natividad. La película prestó suma atención a una serie de detalles que la hacen fidedigna al texto, o sea a las Sagradas Escrituras, y al contexto, el locus donde la historia se lleva a cabo. En ocasiones es tal fiel a la Biblia que inclusive en momentos donde el director ejerce una licencia creativa la escena se desarrolla fiel a las escrituras. La integridad del film queda de manifiesto cuando presentan situaciones donde se refleja la tensión político- económica.

La explotación de los judíos por parte del Imperio Romano se cristaliza en varios momentos de abuso, opresión y humillación hacia los elegidos de Dios. Hay una buena descripción visual de lo cotidiano y el Antiguo Testamento es manejado magistralmente por los personajes de los Santos Reyes (la película opta por tres, siguiendo la tradición oral y de otros escritos no sagrados) y el profundo interés y temor de Herodes ante las profecías concerniente al Mesías, ecos del pasado, relegándolo a un plano de rey terrenal.

Todo esto se complementa con el uso apropiado de símbolos como la paloma, el ángel y la estrella enmarcados en una fotografía espectacular sin caer en imágenes acartonadas y superficialmente predecibles. En ocasiones la línea de lo real y lo sublime no se puede diferenciar estrictamente. El resultado es una historia personal que resulta llena de connotaciones universales.

Aun así la película es hermosa y profundamente predecible. En medio de todo se hilvana el concepto de las jornadas. María fue en jornada a ayudar a su prima Isabel. Los Santos Reyes fueron desde Persia a adorar al Rey de reyes. José tuvo que hacer un viaje con su familia a Belén a raíz del censo ordenado por Cesar. Herodes, en su ansiedad por mantener su posición construía fuertes y palacios buscando una jornada segura de cualquier ataque hacia su persona y régimen.

Pero, ¿acaso no es esa nuestra historia? ¿Acaso el movimiento de un país a otro, como nuestros inmigrantes, de un estado a otro como de ser soltero a casarse, o de una condición a otra como lo es del alcoholismo a la sobriedad, no son jornadas, caminos y rutas que son parte de la condición humana? Fue precisamente ese el punto de la encarnación y nacimiento de Jesús.

En los humildes orígenes y en la simplicidad de un pesebre encontramos la gloria de Dios, visitándonos en la forma de un niño. Celebramos en el misterio de la Encarnación nuestra proximidad con Dios. Este recién nacido, puro, vulnerable, expuesto a las circunstancias mortales, menos al pecado, es nuestro eslabón con todo lo que es hermoso, con todo lo que es perfecto, con lo divino. Dios montó su tienda entre nosotros deshaciéndose de todo lo que es falso, incompleto y pretencioso. Nuestro Dios vino como cualquiera de nosotros, humano y completamente divino a experimentar todos los retos de la existencia humana, como lo son las jornadas existenciales, para que podamos llegar a la última jornada, el paso de la muerte, hacia una vida mejor en la eternidad de nuestro Padre.

Seamos natividad los unos con los otros. Seamos presencia en nuestros hogares, en nuestros vecindarios, en nuestra ciudad. De esa manera podremos desde Chicago llegar hasta Belén y desde Belén hacia el cielo. ¡Hermanos, no nos detengamos! ¡Vamos a Belén! Que nuestra jornada acabe pidiendo posada en las puertas del cielo.