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Arquidiócesis de Chicago
"Si tus alas duelen…"

Las víctimas del huracán Katrina, los seminaristas que murieron en un accidente automovilístico en el seminario de Mundelein, la injusticia que se vive a diario en este país con nuestros inmigrantes... Cuando el dolor, la injusticia y un sentido existencial de abandono permean nuestra vida o la de los demás, la visión de quiénes somos se puede nublar. Desde las profundidades del alma puede que salga una interrogante, un grito: ¿Dónde está Dios?

¡Definitivamente sabemos cómo se siente! En ocasiones la carga es muy pesada y no vemos la luz al final del túnel. Pero es precisamente en esos momentos cuando podemos convertir nuestro dolor, desencanto y desesperación en oración, diciéndole a Dios precisamente nuestro sentir. Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Redentor, como hombre, también experimentó desde la cruz un sentido cósmico de desolación, proveyéndole de una oportunidad para identificarse con la humanidad en su totalidad. El resultado de este momento, aparte de un entendimiento pleno con la condición humana, fue el acompañamiento de Dios al ser bajado de la cruz, al ser puesto en el sepulcro y hacia una triunfante resurrección. Dios Padre le brinda y suple lo necesario para continuar con su obra de salvación.

La vida cristiana está llena de flor y canto. Hay momentos en que la vida nos presenta eventos de celebratoria reafirmación; la boda de un hijo, la hija que ingresa en la universidad, una promoción en el trabajo… Pero también nos presenta derrotas, creando las circunstancias personales que nos obligan a sentirnos impotentes o abandonados. Pero es desde ese abandono donde debemos tratar de alcanzar a Dios con más persistencia. El simple acto de decirle a Dios "Dios mío… ¿Porqué me has abandonado?" refleja la libertad de los hijos de Dios, el libre albedrío de su pueblo, de expresar nuestros sentimientos a un Dios que escucha y cuyas entrañas se conmueven con el dolor humano. Él escucha nuestros rezos, nuestras quejas, nuestros reclamos, nuestras necesidades y se hace presente inclusive en medio de nuestro dolor. A través de nuestro bautismo Él está íntimamente ligado a su creación. A veces está tan presente, dentro de nosotros mismos, que no nos damos cuenta de que aunque las sombras nos rodeen, aunque nos sintamos que colgamos en el aire, es Él quien nos sostiene y quien lleva la luz para iluminar nuestro sendero.

Para perseverar en esta jornada te-nemos la constante reafirmación de que Dios, en su palabra, en la vida sacramental, en la Iglesia, en el prójimo estará con nosotros hasta el final de los tiempos. El regalo de la Eucaristía se convierte en el "pan divino" para el "sustento humano". Él es el pan de ángeles, maná bajado del cielo, banquete de santos y pecadores que se parte y se reparte para la sustención de sus hijos. Cuando estemos desolados, derrotados, sin aliento ni esperanza tornemos nues-tros ojos a Dios. Dirijamos una plegaria al Cristo que murió por nosotros y pidámosle que sea por nosotros. La razón por la cual Dios eligió este modo de salvar al mundo reside en su Divino corazón.

Según el gran matemático francés, Descartes, "le coeur connais des raison que la raison ne connais pas", "el corazón conoce razones que la razón misma no conoce". Dicen que la poesía es la forma más sublime de expresar los misterios del corazón. Deseo pues compartir este poema en un atentado de hablar de razones para entender el dolor. Su titulo es "Tus alas".