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Arquidiócesis de Chicago
¡Una Piedra viva en Chicago!

En la primera semana de agosto los Caballeros de Colón celebraron en Chicago un Congreso Eucarístico con motivo del Año Eucarístico declarado por el finado Santo Padre, el Papa Juan Pablo II. Los Caballeros de Colón se dieron a la tarea de invitar a varios prelados religiosos en el ámbito internacional para darle formalidad y notoriedad al evento. Uno de ellos fue Su Beatitud el Patriarca de Jerusalén, Michel Sabbath.

El título "Patriarca" es llevado por apenas cinco obispos en el mundo, entre ellos el obispo de Venecia y claro está, el de Jerusalén. Este título data desde la fundación de la Iglesia en el Medio Oriente cuando las comunidades de fe se conocían como iglesias. De ahí que las epístolas estuviesen dirigidas o aludiesen por ejemplo a la iglesia de Corinto, a la iglesia de Tesalónica, a la iglesia de Antioquia y demás. Después del obispo de Roma, ó sea el Papa, el obispo de Jerusalén quien representa la "Iglesia madre" cuya sede se encuentra en los territorios de Israel y Palestina entre otros, es el más reconocido y visto con sumo respeto. A parte de su simbolismo para el cristiano, debido al nacimiento de nuestro Salvador en la Tierra Santa, también vemos como el Patriarca de Jerusalén es admirado por la situación tan difícil en que se encuentra. Cada día tiene que encarar las tensiones entre los diferentes grupos cristianos que cuidan de Santo Sepulcro; ortodoxodos, cópticos, armenios y otros. Yace situado en el medio del conflicto político Israel-Palestino. Tiene que luchar con la realidad de una población musulmana o judía en donde los cristianos forman el 2.5% de la población. Aun así el Patriarca persevera en su defensa al cristianismo semejándose a David en su lucha con el gigante Goliat. Simplemente no se da por vencido.

En su visita a nuestra cuidad, el Patriarca concedió dos audiencias. La primera obviamente fue para nuestro Cardenal Francis George, siguiendo el protocolo de un obispo que visita la diócesis de otro. La segunda fue en mi residencia, donde un grupo de veinticinco personas, en su mayoría hispanas, le dieron la bienvenida a Su Beatitud y simplemente le hicieron sentir como en casa. Acompañado por el señor Rateb Rabie, fundador de la fundación Ecuménica de cristianos en la Tierra Santa y de su secretario el Padre Emille, Su Beatitud llegó muy tranquilamente, desplegando una sencillez y humildad innatas. El roce con los presentes fue natural y espontáneo. Las culturas árabe e hispana tienen muchas similitudes. Por ende la audiencia tuvo un carácter caluroso, cercano y hasta con un aire de familiaridad.

Entre laicos diversos, sacerdotes, seminaristas y hasta hermanos de la fe luterana y episcopal, el Patriarca parecía conmovido y alegre a la vez. Yo me sentía profundamente honrado por su presencia. De igual manera veía en él no la representación de una iglesia paralizada por las circunstancias que la rodean sino una iglesia luchadora y lista para dar hasta las últimas gotas de su sangre por el Reino de Dios y por la Tierra Santa. Esta no era una piedra renegada a un museo como un testimonio arqueológico de tiempos mejores. Esta era una piedra viva dando otro tipo de testimonio justo y verdadero, todavía gritando en alta voz "¡El Señor resucitó, Aleluya!".

Entre la música de fondo, los antojitos de comer, las flores del salón, la infatigable compañía y las fotos, se hizo una pausa. En ella el Patriarca expresó su agradecimiento a la comunidad de Chicago y en especial a la comunidad hispana por haberle concedido ese espacio y atención. Prosiguió explicándonos la situación de la Iglesia y del cristianismo en general en el Medio Oriente. Sus esfuerzos se han concentrado en la Fundación Ecuménica Cristiana de la Tierra Santa, cuya misión es no permitir que el cristianismo muera en la tierra que sirvió de cuna a nuestro Señor Jesucristo. El Patriarca nos pidió apoyarle con nuestra oración, buenos deseos y participación en esta fundación. La misma ha sido vista con buenos ojos por nuestro cardenal. Yo veo en ella una oportunidad para comenzar una nueva cruzada, no con espadas, ni con soldados a caballo, ni con invasiones derramando sangre humana y quitando la vida del hermano. Yo veo en esta una cruzada de fe, donde ponemos en práctica nuestro deseo de darle el lugar que esta tierra se merece con nuestros rezos, nuestra aportación de tiempo y recursos. Inspirados por las palabras de nuestro Señor Jesucristo "Pedro tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi iglesia", veo en esta una cruzada donde los únicos soldados somos nosotros, heraldos y mensajeros del Reino de Dios, donde la única sangre derramada es la preciosísima sangre de Jesús para espiritualmente alimentarnos y de esa manera podamos dar vida al hermano, al cuerpo de Cristo y a su Iglesia. Este es un llamado sencillo, unificador y amoroso. No uno de guerra sino de batalla por todo lo que es bueno, digno y salvifico que se pueda encontrar en los confines de Palestina e Israel.