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Arquidiócesis de Chicago
EL Alma de un Pueblo…

Recientemente tuve la oportunidad de, adjunto con el Obispo Perry y el Sr. Carlos Salmerón, ambos del vi-cariato VI, visitar ciertas áreas de México. En específico visitamos Apatzingan y Morelia en Michoacán terminando nuestra aventura en Guadalajara, Jalisco.

El incentivo principal fue el de establecer un puente con la posibilidad de intercambiar recursos con estas áreas. Siguiendo las enseñanzas de “Iglesia en América”, documento creado y fomentado por el finado Papa Juan Pablo II, nos dispusimos a visitarles y en persona establecer un diálogo fomentando más oportunidades unitivas entre la realidad estadounidense y latinoamericana con un énfasis en México. Ambos países tienen una relación directa y personal debido a la gran cantidad de inmigrantes Mexicanos en los Estados Unidos. Se habla de un México fuera de México cuando se describe la presencia de muchísimos ciudadanos de ese país honrando esta tierra norteamericana con su trabajo, luchas, éxitos y enriquecimiento al cuerpo de Cristo dentro de la Iglesia católica.

Varios elementos conspiraron para hacer de esta una experiencia iluminadora. La devoción del pueblo era una genuina y visible. Las campanas de la iglesia de Apatzingán nos despertaban a las seis de la mañana para comenzar el rosario y demás actos devocionales del día. Ubicada a 350 metros de altura sobre el mar, esta pequeña ciudad, predecible, de gente muy linda y generosa nos abrió sus puertas con suma amabilidad. Su catedral de proporciones gargantuezcas se precipitaba sobre una mezcla aparentemente contradictoria de gravedad (su mármol, gruesas columnas) y ligereza (su espacio, noble sencillez y la familiaridad de sus devotos) eran dignos representantes de los valores de este pueblo. ¡Hasta un corrido nos cantaron! Las misas, una a las siete y otra a las ocho se veían floridas de parroquianos. La hospitalidad, tanto de los señores obispos de Apatzingan y Morelia, fue la orden del día. Se nos permitió presidir sobre misas diarias y nos llevaron a dar ciertos recorridos a los seminarios menores y mayores de Apatzingán. En Morelia se nos dio un recorrido por el arzobispado con su baluarte histórico, religioso y cultural. En ambas ciudades los obispos nos invitaron a almorzar reafirmando el valor de recibir al extranjero como si fuese cariñosamente conocido de antemano.

Pero lo que más me tocó fue la sencillez del pueblo. La sonrisas de sus rostros, el estrechar la mano calurosamente o el besarla, su deseo de ayudar y de darnos direcciones fueron algunas de las varias muestras de un pueblo respetuoso, un pueblo con un sentido profundo de hospitalidad donde la sencillez y el formalismo no son fuentes de contradicción sino parte de la identidad de una nación que ama a Dios y al prójimo. En la catedral de Morelia, toda bañada con un tinte rosáceo debido a la piedra de cantera con la cual fue construida, descubrimos no meramente un centro turístico sino un centro de devoción y un santuario para los hijos de Dios que vienen a ver a su Padre. La catedral estaba llena de imágenes, flores, veladoras, mandas y de feligreses contentos, centrados en su oración. Allí nos topamos con un grupo de seminaristas de Monterrey que estaban también conociendo esos parajes. A la luz de ese encuentro salió una invitación para ir al seminario de Monterrey e invitar a aquellos seminaristas con espíritu misionero a venir a Chicago y enriquecer nuestro esfuerzo por más sacerdotes latinos, que sean productos de nuestro sistema de formación, con su presencia.

El alma de un pueblo se conoce por sus tradiciones, música, comida, bailable, vestimentas y demás. Pero sobre todo el alma de un pueblo se conoce por su pueblo. Debemos de continuar creando lazos fuertes, saludables y de comunicación efectiva entre dos realidades convencidas del amor de Dios y al servicio de su iglesia como son las de México y los Estados Unidos; naciones ambas de una misma América… todos un sólo pueblo en Dios.