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Arquidiócesis de Chicago

La Cuaresma: Jornada hacia la Tierra Prometida

Las palabras de profeta Habakkuk son parte fundamental del significado de la Pascua. A pesar de un entierro ajorado, de unos rituales incompletos, desde la soledad de un sepulcro prestado, en medio de la oscuridad... ¡Dios nos sorprende!

No le molestó a Jesús el silencio del sepulcro, ni la burla de los incrédulos, ni el abandono de la mayoría de sus discípulos. Inclusive no le molestó a Jesús descender a los infiernos, donde yace la semilla del pecado y el orgullo del maligno, y desde las entrañas de la tierra resucitar victorioso, luminoso y simplemente triunfante. La resurrección se convierte en el misterio central de nuestra redención. De ahí que sea natural que un Católico se indigne cuando susodichos arqueólogos y "hombres de ciencia" declaren que han descubierto las reliquias de Jesús.

La presencia de un Cristo resucitado nos anuncia el amor de Dios que se presenta generoso e inefable al punto que toda la naturaleza es redimida por la resurrección de Jesucristo. El amor de Dios rompió las cadenas del pecado y de la muerte dándonos un lugar en el banquete eterno. ¡Y por eso decimos Aleluya!

Jesús nos ha garantizado un lugar en el Reino. El ha venido al mundo y nos proveyó de un futuro que vale la pena alcanzar. Durante nuestra jornada terrenal recreemos el sacrificio de viernes santo y el regalo de un sábado de gloria. Y para no perder la memoria colectiva, utilizamos diversos rituales y símbolos que representan la nueva vida: los huevos de pascua, los pollitos, los lirios, el cirio Pascual, el cordero, el pavo real, las aguas bendecidas en la Vigilia Pascual y la renovación de nuestras promesas bautismales. La gloria de Dios se despliega dándonos tan sólo un ínfimo adelanto de todo lo que es hermoso, todo lo que es verdadero y todo lo que es bueno.

La resurrección de Jesús nos dice que el amor de Dios es algo mayor a cualquier cosa que se puede concebir en el mundo o inclusive en la mente humana. La buena nueva adquiere un carácter especial porque en ese Reino de Dios, todo inclusivo, no hay una derrota final y ninguna vida se despacha como inservible. ¡Dios nos ha hecho una promesa! El ciclo de la vida humana como la conocemos no esta limitada al mero nacimiento y a la muerte física. La gracia de Dios, a través de la resurrección de Su Hijo, hizo posible todo esto. "La muerte... ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?"

Nada podrá tocar nuestras almas. Como iglesia, hemos estado rodeados de tribulaciones y escándalos desde su fundación: lean Hechos de los Apóstoles. ¡Pero aquí estamos mundo! Todavía no han visto lo suficiente de una iglesia Santa, Católica y Apostólica. Todos hemos pasado por pérdidas y retos. A pesar de nuestra gran pérdida nacional en el 11 de Septiembre todavía somos una nación "bajo Dios". La muerte quizás recientemente haya tocado nuestras vidas a un nivel personal con la pérdida de un ser amado. Pero es la resurrección de Cristo la que nos garantiza que ellos tendrán un lugar de honor en esta Pascua y que nosotros tenemos la posibilidad volver a reunirnos con ellos en una Pascua futura y eterna.

Luego entonces, así como María Magdalena, corramos al sepulcro y veamos su vacío con los ojos de la fe. Reconozco que a veces es un reto el entender que ni la pobreza, ni la enfermedad, ni las guerras, ni los escándalos, ni los desastres naturales, ni siquiera nuestras miserias humanas dominarán sobre Dios, sus promesas y su pueblo. Regocijémonos en tal excelso don envuelto en los lienzos abandonados del sepulcro. Después de todo, la historia de la resurrección es la historia de lo inesperado, la historia de un Dios interrumpiendo la historia humana por amor a sus hijos, es la historia del verbo que se hizo hombre y habitó entre nosotros. ¡Es nuestra historia! ¡Felices Pascuas!