La Cuaresma: Jornada hacia la Tierra Prometida
Las palabras de profeta Habakkuk
son parte fundamental del significado
de la Pascua. A pesar de un
entierro ajorado, de unos rituales
incompletos, desde la soledad de un
sepulcro prestado, en medio de la oscuridad...
¡Dios nos sorprende!
No le molestó a Jesús el silencio del
sepulcro, ni la burla de los incrédulos, ni
el abandono de la mayoría de sus discípulos.
Inclusive no le molestó a Jesús
descender a los infiernos, donde yace la
semilla del pecado y el orgullo del maligno,
y desde las entrañas de la tierra resucitar
victorioso, luminoso y simplemente
triunfante. La resurrección se convierte
en el misterio central de nuestra
redención. De ahí que sea natural que un
Católico se indigne cuando susodichos
arqueólogos y "hombres de ciencia"
declaren que han descubierto las reliquias
de Jesús.
La presencia de un
Cristo resucitado nos
anuncia el amor de
Dios que se presenta
generoso e inefable al
punto que toda la
naturaleza es redimida
por la resurrección
de Jesucristo. El
amor de Dios rompió
las cadenas del pecado y de la muerte
dándonos un lugar en el banquete eterno.
¡Y por eso decimos Aleluya!
Jesús nos ha garantizado un lugar en
el Reino. El ha venido al mundo y nos
proveyó de un futuro que vale la pena
alcanzar. Durante nuestra jornada terrenal
recreemos el sacrificio de viernes
santo y el regalo de un sábado de gloria.
Y para no perder la memoria colectiva,
utilizamos diversos rituales y símbolos
que representan la nueva vida: los huevos
de pascua, los pollitos, los lirios, el
cirio Pascual, el cordero, el pavo real,
las aguas bendecidas en la Vigilia
Pascual y la renovación de nuestras promesas
bautismales. La gloria de Dios se
despliega dándonos tan sólo un ínfimo
adelanto de todo lo que es hermoso,
todo lo que es verdadero y todo lo que es
bueno.
La resurrección de Jesús nos dice que
el amor de Dios es algo mayor a cualquier
cosa que se puede concebir en el
mundo o inclusive en la mente humana.
La buena nueva adquiere un carácter
especial porque en ese Reino de Dios,
todo inclusivo, no hay una derrota final
y ninguna vida se despacha como inservible.
¡Dios nos ha hecho una promesa!
El ciclo de la vida humana como la conocemos
no esta limitada al mero nacimiento
y a la muerte física. La gracia de
Dios, a través de la resurrección de Su
Hijo, hizo posible todo esto. "La muerte...
¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está
mi muerte? ¿Dónde su victoria?"
Nada podrá tocar nuestras almas.
Como iglesia, hemos estado rodeados de
tribulaciones y escándalos desde su fundación:
lean Hechos de los Apóstoles.
¡Pero aquí estamos mundo! Todavía no
han visto lo suficiente de una iglesia
Santa, Católica y Apostólica. Todos
hemos pasado por pérdidas y retos. A
pesar de nuestra gran pérdida nacional
en el 11 de Septiembre todavía somos
una nación "bajo Dios". La muerte quizás
recientemente haya tocado nuestras
vidas a un nivel personal con la pérdida
de un ser amado. Pero es la resurrección
de Cristo la que nos garantiza que ellos
tendrán un lugar de honor en esta
Pascua y que nosotros tenemos la posibilidad
volver a reunirnos con ellos en
una Pascua futura y eterna.
Luego entonces, así como María
Magdalena, corramos al sepulcro y veamos
su vacío con los ojos de la fe.
Reconozco que a veces es un reto el
entender que ni la pobreza, ni la enfermedad,
ni las guerras, ni los escándalos,
ni los desastres naturales, ni siquiera
nuestras miserias humanas dominarán
sobre Dios, sus promesas y su pueblo.
Regocijémonos en tal excelso don
envuelto en los lienzos abandonados del
sepulcro. Después de todo, la historia de
la resurrección es la historia de lo inesperado,
la historia de un Dios interrumpiendo
la historia humana por amor a
sus hijos, es la historia del verbo que se
hizo hombre y habitó entre nosotros. ¡Es
nuestra historia! ¡Felices Pascuas!