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Pueblo de reyes, Asamblea Santa… ¡Pueblo Sacerdotal!
Una de las imágenes más representativas de la Iglesia en su totalidad es la del Cuerpo de Cristo. Desde el amanecer de nuestra Iglesia se ha tomado con seriedad este concepto basado en la presencia real y unitiva de nuestro Salvador en la eucaristía. Cada vez que celebramos la eucaristía evocamos el poder del Espíritu Santo para que transforme el vino y el pan en el cuerpo y la sangre de Cristo, no simplemente a nivel de palabra o simbólico sino a nivel real, sustancial y ontológico. Adjunto a esas formas "fruto de la tierra y del trabajo del hombre", también se presentan en el altar nuestros sueños, peticiones, necesidades, limitaciones y vidas para que sean trasformadas, redimidas y santificadas.
"Somos el cuerpo de Cristo. We are the Body of Christ" dice la canción. Y esta realidad se hace patente en la asamblea en la medida en que expresamos nuestra unidad, en la manera en que apoyamos al hermano, en la forma en que nos convertimos en reflejo de esa teología de presencia y acompañamiento, la cual estamos llamados a vivir. El Cuerpo de Cristo debe ser manifestado de maneras concretas, en lo cotidiano. Tiene que verse en la experiencia humana. Tiene que encarnarse en nosotros, en el pueblo y ultimadamente en el mundo.
A la luz de nuestro compromiso bautismal tenemos un llamado. Un llamado a ser "Pueblo de Reyes, Asamblea Santa… Pueblo Sacerdotal". Todos los bautizados comparten el honor y responsabilidad del sacerdocio ordinario. Todo bautizado está llamado a participar activamente, a manifestar lo unitivo y celebrar a viva voz nuestros encuentros con lo divino en nuestras devociones, liturgias, procesiones, oraciones públicas y particularmente en nuestras eucaristías. En esto hay que decir presente al llamado de adorar en la privacidad de nuestras iglesias domésticas, en la intimidad del hogar, y en público, en nuestras comunidades de fe donde asistamos.
Pero el Cuerpo de Cristo está sufriendo porque está roto. Hay una sección de este cuerpo que sufre la ignominia y la humillación pública en este país. Me refiero al sacerdocio ministerial, parte de nuestra realidad bautismal. Me refiero a nuestros sacerdotes. A la luz de acontecimientos recientes vemos cómo la fragmentación del Cuerpo de Cristo se está llevando a cabo por medio de los medios de comunicación, grupos anticatólicos y un manojo de activistas que consistentemente atacan, denigran y enlodan a la Iglesia.
Estamos conscientes de los actos injustos e injustificables por parte de algunos sacerdotes que ni siquiera representan el 1% del sacerdocio de los Estados Unidos. La Iglesia tiene una dimensión institucional, formada por seres humanos que siempre invitará a lo imperfecto y a las miserias personales. Desde los años de nuestra iglesia primitiva vemos cómo la avaricia, el poder, el abuso, la negligencia y demás se han inmiscuido en los corazones de varios, entre ellos líderes, dejando una estela de confusión, dolor y vacío. Esto se puede ver claro en el Nuevo Testamento; Hechos de los Apóstoles, cartas de San Pablo entre otras.
Esta nación está antropológicamente basada en un sentimiento o resentimiento en contra de la iglesia Católica. Si vemos con detenimiento la fundación de esta nación vemos cómo las trece colonias fueron un movimiento reaccionario al catolicismo europeo de los siglos XVII y XVIII. Desde la fundación vemos la semilla no de una mera intolerancia sino de un ataque a valores católicos cristianos con un individualismo craso, un desdén por lo místico en preferencia por lo material y una negación de la autoridad que no sea consecuencia de la democracia.
No veo fantasmas donde no existen. Veo claramente como esta agenda secular de ataques hacia puntos claves de nuestra fe es ultimadamente consecuencia de un libre albedrío que responde a agendas personales y otro atentado de fuerzas luciferinas en contra del Reino de Dios y de su Iglesia. No veo justificación en un acto de abuso o de violencia presidido por nadie y mucho menos por un sacerdote. Ya sea por razones de abuso de poder, enfermedad, debilidad, condición pecaminosa o cualquier otra razón, el que comete un pecado en contra de un hijo de Dios trayendo heridas y escándalo a su vida tiene que enfrentar consecuencias judiciales, al ser encontrado culpable, al igual que canónicas, terminando todo con la misericordia de Dios y la compasión de los hombres a la hora de hacerse justicia. ¿No es eso lo que pedimos cuando un hombre casado comete adulterio o cuando un padre de familia comete incesto? Nadie se atreve a colocar a todos los maridos o padres de familia bajo una misma sombrilla pecaminosa por el error de unos…
Pero aparentemente es diferente para un sacerdote a quien no sólo condenamos de primera con una simple acusación sino que también tendemos a clasificarlos a todos en una misma categoría con base en miles de razones (la culpa del celibato, la culpa de la formación "mediocre" del seminario, la culpa de la familia donde proceden) pagando justos por pecadores.
Los medios de comunicación no son tan ávidos de informar sobre los sacerdotes que se han ido al Medio Oriente de capellanes y fungen de consuelo y ayuda espiritual de nuestros soldados. No se molestan en informar en aquellos sacerdotes que se levantan en medio de la noche para ungir un moribundo, o el que tiene que decir más de cinco misas en un domingo, o el que escuchar las vicisitudes de su pueblo. Si fuese un psicólogo el que estuviera haciendo la tarea justamente cobraría por sus servicios. La prensa no te habla de la de sacerdotes que marchan con su pueblo por los derechos de los inmigrantes o el sacerdote que sin siquiera conocer a la familia del difunto le da cristiana sepultura, asistiendo así a nuestros muertos y dando apoyo a los vivos. De esos no sabemos casi nada porque "la noticia barata se vende cara".
Tengo fe en que nuestro pueblo hispano sepa digerir estos acontecimientos, colocándolos en una clara y verdadera perspectiva. Creo que mi pueblo hispano entiende a un nivel muy profundo las ramificaciones de esta situación, conociendo de la justicia humana, divina y de la restauración de la dignidad al Cuerpo de Cristo. Pero es necesario que seamos más intencionales con nuestros esfuerzos. Es indispensable que nuestras voces se oigan claras, vibrantes, resonantes. ¡Llenémonos de sabiduría y compasión! Demos el mayor apoyo a las víctimas de abuso sexual en su búsqueda de sanación física, emocional y espiritual. Oremos por los sacerdotes que han fallado para que Dios toque sus corazones y los encamine mientras cumplen con las consecuencias pertinentes de los que son culpables. Alcemos nuestros rezos, nuestra voz y nuestras almas para ganar la palabra justa y darla a nuestros atacantes. Para tomar la decisión correcta y crear sistemas de protección para todas las partes envueltas. Para abogar por nuestros padrecitos buenos, los que atienden al pueblo de Dios vivo y verdadero. Será únicamente Dios Todopoderoso el que camine con nosotros en este momento de tribulación y será su pueblo el que dé la cara por sus sacerdotes. Recordemos la promesa que nuestro Señor Jesucristo le hizo a San Pedro, nuestro primer Papa, "Pedro tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Pensemos que ni siquiera las fuerzas del infierno prevalecerán contra ella.
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