Historia de una Quinceañera
En ciertas ocasiones ha sucedido:
Lujosas limosinas traen a los participantes
al evento. La quinceañera
llega con su vestido de fiesta, hecha una
creación de gasa y de tul. La mamá y el
papá se presentan vestidos según su
entendimiento de lo que es propio y elegante
para la ocasión. Varios chambelanes
y damas llenan la entrada de la iglesia
que se encuentra inundada de flores. El
cántico de entrada da pie a la procesión
para así iniciar el sacrificio de la misa.
Como sacerdote paso a los ritos iniciales,
"En el nombre del. Amén". Prosigo con
"El Señor esté con ustedes" y me pega en
la cara un silencio sepulcral. La asamblea
no reacciona, no participa, no se centra en
el misterio de salvación que vamos a celebrar
a la luz de la vida única e irremplazable
de la quinceañera. Me causa tristeza
cuando esto ocurre. No hay reconocimiento
de la ocasión, no hay preparación para
el acto y miles de dólares han sido desperdiciados.
Para comenzar, aclaremos unos términos.
Una quinceañera no es un catilion,
palabra sacada del idioma inglés catillion
y cuya traducción correcta al español es
"presentación en sociedad". Una debutante
es aquella señorita, por lo regular de las
clases más altas, que es presentada en
sociedad. Es el reconocimiento de una
joven como parte de la sociedad donde
vive. En el pasado una presentación marcaba
la edad de un joven para poder casarse.
¡Esto no es una quinceañera!
El origen de la quinceañera tiene sus
raíces en un rito especial que muchos grupos
nativos de Norteamérica y la América
Central tenían de ofrecer un sacrificio
ante los dioses por un joven o una joven a
la edad de sus quince años. Esta celebración
tenía un carácter religioso, litúrgico y
espiritual. El individuo era reconocido
como parte de la sociedad donde residía
desde la perspectiva de los dioses. Pero
con la invasión, la conquista española y en
un intento de evangelización se adaptó
esta costumbre llevándola al templo católico
y limitándola sólo a jovencitas. Debo
indicar que este aspecto también está evolucionando.
Los chicos también están celebrando
sus quince años, con ciertas
enmiendas a la celebración de las chicas y
adaptando el evento a su realidad como
varones católicos.
La celebración de los quince años es un
encuentro con Dios en la Eucaristía.
Generalmente se da en el contexto de una misa. De ahí que la liturgia se debe observar según el
Ritual Romano católico. Este no es un momento para
canciones seculares "porque son bonitas" o "porque me
gustan". Todo músico en la iglesia, desde el organista,
guitarrista, coro o mariachi debe saber lo que son las partes
variables de la misa. De otro modo, ¿qué hace tocando
o cantando en la iglesia? Las canciones, lecturas, procesiones
y demás deben reflejar el conocimiento de una
liturgia establecida, donde se pueda enriquecer, no sustituir,
con actos de la tradición popular apropiados para la
ocasión, por ejemplo, flores a la Virgen.
La celebración de los quince años es una declaración
oficial de la identidad católica de la joven y de su familia.
El no contestar apropiadamente en la misa, el no saber
cuando arrodillarse, ponerse de pie, sentarse, el entrar
masticando goma de mascar, con vestidos inapropiados y
demás pone en tela de juicio su participación e identidad
religiosa. En un momento dado la quinceañera renovará
sus promesas bautismales. Es lógico que sus acciones y
las de la familia vayan de acuerdo con lo que profesan en
público.
Este evento conlleva una preparación y no me refiero
a las flores, al salón o a la comida, sino a la preparación
interna y espiritual de la joven y su familia. En ocasiones,
la iglesia ofrece un taller o preparación para los asistentes
al evento. Es parte de un esfuerzo evangelizador
de la iglesia. La asistencia, pues, es clave para esa preparación.
El sacramento de la reconciliación es importantísimo.
Lo lógico es hacer preparativos de antemano,
no una semana o el día antes, para que todos los miembros
del evento se confiesen y su pongan al día en su relación
con Dios a nivel sacramental. Quizás la joven ocupe
un retiro de jóvenes. La selección de los chambelanes y
damas debe ser hecha con cuidado y aprobada por los
padres. Después de todo, son los padres los que están
supervisando el evento.
Toda esta acción debe reflejar la creencia de la familia
de la quinceañera en los valores instituidos por Cristo en
su Iglesia. Una vez establecida la base católica-cristianareligiosa
de la misma, todo lo demás adquiere un significado
más profundo y verdadero. El encuentro familiar,
los amigos, los parientes que vienen de fuera, los arreglos
florales de la iglesia, la fiesta y demás adquieren un sentido
que no es meramente cultural o de tradición sino
signo del verbo hecho hombre (humano) habitando entre
nosotros. De esta manera le damos a Cristo la oportunidad
de manifestarse en lo cotidiano de nuestras vidas.
Como seminarista tuve la oportunidad de presenciar
la celebración de una quinceañera en el estado de
Guerrero, en México. En uno de los ranchos más humildes
en la cima de la montaña se encontraba la capillita.
Era una estructura ínfima con paredes de palos y piso de
tierra. Desde la colina se podía ver el "ranchito". Pude
observar a la quinceañera salir de su casa con un vestido
hecho por su propia abuelita; blanco, lozano, juvenil y
adecuado. La acompañaban sus padres y demás familiares
cargando ramilletes de hermosas flores. Mientras
caminaban cuesta arriba a la capilla, la riqueza de sus
intenciones, sonrisas y sentido de respeto contrastaba
dramáticamente con la pobreza física del panorama
lleno de rocas, verjas cayéndose, carretera sin pavimentar.
Todos venían sonrientes y listos para una celebración
de vida. Cuando le pregunté al padre de la joven cuáles
fueron los preparativos para la ocasión me contestó que
ya toda la familia se había confesado y que las obligaciones
de la misa se habían cumplido: quien iba a leer, quien
iba a llevar el pan y el vino al altar y demás. Dentro de la
sencillez de su condición tuvieron una participación
plena. Pensé, "ellos vinieron preparados".