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Arquidiócesis de Chicago
Peregrinos de la Tierra Santa
"Si me olvido de ti, Jerusalén…"



Padre Claudio Díaz Jr.
Director Oficina para
Católicos Hispanos


El diez de enero de este año, un grupo de peregrinos hispanos de la arquidiócesis de Chicago emprendió una jornada hacia la Tierra Santa. Después de viajar alrededor de doce horas llegamos a nuestro destino. Los colores, olores y demás sensaciones valieron la pena la larga jornada. Era mi tercera ventura a Jerusalén así que fue un retornar a memorias plácidas y encuentros significativos. Pero lo que vi en los rostros del grupo, quienes en su mayoría visitaban estos lares por primera vez, no tenía precio.

Conforme el autobús se acercaba subiendo a Jerusalén, los ojos se llenaban de inefable emoción al ver por primera vez las murallas centenarias de la vieja ciudad. Como llegamos durante la caída del sol el aire adquirió un tinte ambarino y fresco. Varios nativos caminaban con sus atuendos tradicionales haciendo sus diligencias, platicando en la calle, visitando los comercios y demás. En una misma cuadra se podía apreciar un judío ortodoxo esperando el cambio de luz junto a un par de mujeres musulmanas con su típico vestuario y a un grupo de seminaristas en negras sotanas; variedad, diversidad, riqueza. ¡Ese fue el preámbulo de nuestra peregrinación!

El grupo que viajaba fue variado, muy espiritual y lleno de suma energía. Había tres parejas celebrando varios aniversarios matrimoniales. Todos ellos renovaron sus promesas matrimoniales en Caná. La luz en los ojos de estas parejas con varios años de casadas reflejaba el brillo de los que se enamoran por primera vez. También estuvieron dos viudos, uno de ellos diácono, una viuda y dos damas solteras. En las mañanas nos encontrábamos para desayunar. La alegría de un día más en la Tierra Santa era obvia.

De los varios lugares que visitamos mencionaré tres en detenimiento. Nuestra primera parada fue en el Monte de los Olivos. Allí nos tomamos una foto teniendo a Jerusalén de trasfondo. La foto quedó espectacular y todos aparecen con rostros frescos, luminosos, llenos de gozo. Allí se encuentra la capilla de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Esto conmovió a varios del grupo. Con devoción hicimos las oraciones propias del lugar. Este fue el primer lugar que alimentó los ojos de la fe de los peregrinos. Con suma humildad besaban la piedra donde Jesús se posó para elevarse al cielo. Igualmente encendían velas como testimonio y oración de su visita en tan excelso lugar.

El segundo punto fue la basílica de la Natividad en Belén. Esta visita generó una lluvia de preguntas en el grupo. Trataban de comprender el gran universo que abarca esta realidad local y que envuelve a Israel, Palestina, los armenios, los ortodoxos, los cruzados, Santa Helena, el mundo semítico y demás. Nuestra guía, Madame Liliana, se esmeró muchísimo por tratar de contestar las preguntas con sumo detenimiento. Cuando bajamos a la capilla donde se encierra el pesebre que recibió el cuerpecillo del niño Dios nos estremecíamos de emoción recordando que "el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros." De rodillas besamos la estrella de plata que marca el lugar de su nacimiento y oramos con fervor el Ave María, quien fuese el primer sagrario del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Celebramos la eucaristía en la basílica, en la gruta de San Jerónimo, en donde se dice que escribió parte de la Biblia. A nuestra asamblea se unió una viejecilla de origen palestino, unas damas italianas y un sacerdote americano que también estaba en peregrinación. En la intimad de esta gruta celebramos el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo ya no como un niño en un pesebre sino como su sacratísima eucaristía sobre el altar.

El tercer punto lo fue la iglesia del Santo Sepulcro. Guardada en el interior de la antigua ciudad de Jerusalén, se encuentra este santo lugar rodeado por un laberinto de calles, pasillos, túneles, callejuelas y escaleras que desafían la memoria y alimentan la imaginación.

Caminando entre puestos de recordatorios, artesanías, pequeños restaurantes, monumentos dedicados a la vía dolorosa, entradas a ciertas mezquitas, nos sorprendió una plazoleta rodeada por muros milenarios de frente al santo lugar donde se crucificó, y enterró a Jesús. Esta edificación es un conglomerado de capillas, grutas, iconos, mosaicos, lámparas, monjes, sacerdotes, laicos, diáconos, religiosas de todo el mundo. En su centro encontramos la piedra del Gólgota. Sólo inclinándote y de rodillas por debajo de un altar puedes tocar con tu mano la piedra que comprende el lugar donde estuvo anclada la cruz de Nuestro Señor.

Varios recordamos cómo crucificamos a Jesús nuestro Salvador cada vez que le fa-llamos a Dios y al prójimo. Entre los ciros, las lágrimas, el peso del corazón, la tristeza del acto que liberó al mundo de su destino de muerte se abrumaron nuestros corazones. Sólo fuimos consolados cuando celebramos la santa misa y meditamos sobre las lecturas de la resurrección de nuestro amado Jesús. Así se dispersó nuestra dolencia con la promesa de una vida nueva y abundante a la luz del sepulcro vacío. Allí se encontraba un pequeño monumento honrando un fragmento de la piedra que cerró la cueva del santo entierro, la laja donde su cuerpo descansó el sueño de la muerte en su humanidad y fue testigo de su gloriosa, radiante resurrección.

Podría seguir escribiendo de tantos lugares y eventos que este grupo de católicos hispanos con una guía turística judía y un conductor árabe visitó.

Como cuando renovamos nuestras promesas bautismales en el río Jordán, o cuando entramos en oración en la habitación donde se celebró la última cena y el Espíritu Santo descendió sobre el colegio apostólico y la Virgen, o como experimentamos el estar a la deriva en el "mar de Galilea" en una barca réplica del tiempo de Jesús. Pero no lo haré. Dejaré que en sus corazones arda el deseo de visitar los santos lugares y ver el rostro de Jesús en cada uno de ellos.

Hemos regresado de esta peregrinación. Pero no somos iguales. Ahora cuando en la iglesia, en los grupos de estudio bíblico, en la misa, se lean los pasajes de las escrituras podremos cerrar nuestros ojos y ver el desierto de Judea, la piscina de Siloé, el campo de los pastores, las escalinatas donde enseñó Jesús en el templo y simplemente acompañar al Maestro de maestros, al Príncipe de la paz, al Cordero de Dios en su caminar por Jerusalén. ¡Bendita la tierra que pisó Jesús... la Tierra Santa!